Educados para repudiar la actividad empresarial

Alberto Cagigas, director de Castilla y León Económica

Este país, ahora conocido en la escena internacional como el enfermo de Europa, está necesitado de alcanzar pactos de Estado en varios ámbitos, como economía, energía, configuración territorial o educación. Sobre este último tema, el ministro del ramo, Ángel Gabilondo, se reunió con los consejeros autonómicos, encuentro al que asistió Juan José Mateos por parte de la Junta, para exponerles 104 propuestas con el fin de mejorar el sistema educativo español. No voy a analizar todas las medidas, aunque sólo quiero destacar una: la necesidad de que un futuro cambio normativo en este área necesite del respaldo de dos tercios del Parlamento, porque no puede ser que cada Gobierno cambie los planes de estudio a su antojo, y así nos va. El Informe PISA, uno de los indicadores más creíbles y seguros de la UE sobre el nivel educativo, nos sitúa en el furgón de cola de los Estados comunitarios, aunque para nuestro consuelo los alumnos de Castilla y León se encuentran a la cabeza de nuestro país en algunos apartados. Otro dato demoledor es que el fracaso escolar en España triplica a la media comunitaria.

Aparte de buscar una mayor flexibilidad en el sistema educativo para que los jóvenes puedan seguir estudiando hasta los 18 años, deberían recuperarse en las aulas ciertos valores con los que nos hemos formado varias generaciones: el esfuerzo, el sacrificio, el tesón, el trabajo, la organización, la admiración a los más listos y estudiosos y no al más chusco y el respeto a la figura del profesor. Ya sé que estas cualidades deben inculcarse en el seno de la familia, pero no estaría de más reforzarlas en los centros educativos, si no queremos criar otra camada de la Generación ni-ni, ya saben, ni estudian ni trabajan. Más de la mitad de esta desvitalizada hornada de jóvenes de entre 18 y 34 años dice no tener ningún proyecto por el que se siente ilusionado. Normal, se han amamantado en un entorno donde con cuatro suspensos pasas al siguiente curso y si dejas los estudios, pues te quedas tranquilamente comiendo la sopa boba en casa de papá y mamá.

Imagen del empresario en los libros de texto
Otro aspecto que habría que corregir del sistema educativo es la imagen del empresario ofrecida en los libros de texto. La Asociación Madrileña de la Empresa Familiar se ha tomado la molestia de analizar la figura del emprendedor cuando aparece en Educación para la Ciudadanía y en su informe asevera: “Casi nada de la verdadera esencia de lo empresarial tiene que ver con esa pintura gruesa, estereotipada y falsa que se hace de empresas y empresarios en los libros de texto de Educación para la Ciudadanía, pintura que es la que los niños de nuestro país están aprendiendo, de forma descarada, en los colegios. Ni el empresario es, por esencia, un lobo sanguinario, ni menos un vampiro entregado lascivamente a sus ambiciones desenfrenadas y que chupa la sangre y los bienes ajenos”. Entre otras joyas, la asociación refleja la siguiente recogida de un ejemplar con el que ¿educan? a nuestros jóvenes: “De cada 100 euros que se declaran, 83 corresponden a las nóminas mientras que sólo 9 corresponden a las rentas que declaran profesionales y empresarios -¿dónde están los ocho euros que faltan para llegar a la centena?, me pregunto-. Los de la nómina son los únicos declarantes que pagan por sus ingresos reales. Declaran una media de 17.624 euros, 8.000 euros más que los empresarios. Algo increíble”. ¡Ya te digo!, que apostillaría un ni-ni.

Luego nos extrañan noticias como que las administraciones públicas han generado el triple de empleo que el sector industrial en España durante los últimos años. Las futuras generaciones no sólo no crearán empresas, esos espacios del hampa organizado, sino que además soñarán con ser funcionarios, y punto. Como me comentaba un experto sobre este tema, lo raro es que con estas lecturas los niños, después de clase, no vayan en hordas revolucionarias a quemar empresas.

En nuestra comunidad autónoma, diferentes asociaciones empresariales, como Cecale y Empresa Familiar de Castilla y León, han insistido a la Junta en la necesidad de inculcar el espíritu empresarial en el sistema educativo. De momento, hay tres consejerías que están trabajando en este campo, como Educación, con el programa Vitamina E, Educar para Emprender en Castilla y León, cuyo objetivo es la difusión del espíritu emprendedor en los alumnos desde los ciclos de Primaria hasta Bachillerato y establecer un sistema de actuación a nivel regional en el entorno educativo idóneo para el fomento de este tipo de actitudes; Familia, que tiene firmado un convenio con la patronal para ofrecer un servicio de asesoramiento en materia de autoempleo dirigido a los jóvenes; y Economía y Empleo, que en la nueva Estrategia Regional de Creación de Empresas contempla acciones para la formación de docentes en aspectos de creatividad empresarial. Mientras que otros pierden el tiempo en arrinconar de sus planes de estudio a la segunda lengua más universal del mundo, nosotros deberíamos centrarnos en que los estudiantes pierdan el miedo al riesgo, a labrarse un futuro dependiendo de uno mismo sin el paraguas del Estado, a crear una empresa.

A nuestros jóvenes nunca se les pasará por la cabeza convertirse en emprendedores si a éstos se les describe como explotadores sin escrúpulos que se mueven en la delgada línea roja de la legalidad. Otra cosa es que se diga que un empresario “es lo más parecido, socialmente, a un inventor o a los grandes descubridores de la ciencia: ponen en marcha cosas que impulsan cambios y novedades, con la diferencia que el empresario no crea cosas abstractas, sino que crea instituciones para la sociedad”, como apunta la citada Asociación Madrileña de la Empresa Familiar.

La denostada imagen del emprendedor está siendo muy bien utilizada por el Gobierno y los sindicatos en la actual crisis para desviar la atención y poner el foco de atención en los empresarios, a quienes se les describe como hambrientas hienas babeantes que intentan pegar mordiscos a los derechos laborales de los trabajadores. Astutamente se presenta el debate sobre la necesidad de la reforma laboral como el intento de los patronos de despedir más barato, y se elude la urgencia de introducir una mayor flexibilidad, aumentar la productividad, mejorar la formación o reducir el absentismo. Parece que los trabajadores son los únicos perjudicados por esta recesión al haber casi 4,5 millones de parados -una cifra que pone los pelos de punta porque evidencia el riesgo de revueltas sociales, menos mal que el ministro Corbacho nos tranquiliza al afirmar que la economía sumergida representa el 20% del PIB español-; pero se silencia que en España más de 5.000 empresas presentaron concurso de acreedores, casi 21.900 se disolvieron y más de 152.500 autónomos abandonaron su actividad en 2009. Es decir, miles de empresarios se están arruinando en la actual coyuntura.

Cuando la realidad se vuelve agobiante, la salida más sencilla es buscar un chivo expiatorio, como ha demostrado la historia, y en esta época no se trata de un grupo étnico, sino de un colectivo social: los empresarios. Para ello, que duda cabe que ayudan casos mediáticos, como el del presidente de CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, que está consiguiendo el efecto contrario al que pretende, perjudicando la débil figura de los emprendedores. Nadie discute que uno puede fracasar en los negocios, pues es una posibilidad implícita a la actividad empresarial, pero otra cosa son las formas.

Históricos problemas de imagen
Los empresarios tienen problemas de imagen desde tiempos remotos, como cuando en el Apocalipsis se afirma que en el Juicio Final “los dedicados al comercio aguardarán la tortura llorando y gimiendo”. Más tarde, los Nuevos Testamentos recogen sentencias de Jesús como “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre el reino de los cielos” o “no cabe servir a Dios y al dinero”, por citar sólo dos frases. Nuestra tradición religiosa e histórica iguala el lucro con el hurto y la transacción económica con el saqueo. Así que nuestros grupos sociales más distinguidos del pasado, los hidalgos, no se caracterizaron precisamente por su inclinación al trabajo. Si hasta la Escuela de Salamanca, allá por el siglo XVI, tuvo que resolver la consulta realizada por comerciantes españoles con negocios en Amberes sobre la legitimidad moral de comerciar para incrementar la riqueza personal. Menos mal que les respondieron afirmativamente.

Todavía impera en nuestro país “la mezquina y torcida opinión según la cual nadie puede prosperar sino a expensas de los demás” -en expresión de Adam Smith-, así que resulta muy difícil inculcar el espíritu emprendedor pues parece que estamos promoviendo la actividad delectiva. En el pasado, hubo pueblos que resolvieron perfectamente este dilema. Lean despacio lo que escribió Hesíodo allá por el siglo VIII a.C.: “En los primeros tiempos de Grecia, trabajar no era infamante, el comercio no delataba inferioridad social y la vocación de mercader resultaba honorable”. Con estos valores, otro futuro tendríamos.

Alberto Cagigas

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