El pasado verano conocí 2 casos de jóvenes emprendedores que con la enorme motivación propia de su edad fundaron sus empresas, una ilusión que empezó a mermarse casi antes de abrir las puertas de sus negocios debido a los trámites burocráticos que tuvieron que afrontar y las numerosas inspecciones a las que fueron sometidas sus instalaciones, lo que provocó el retraso en el inicio de su actividad, con la consiguiente pérdida económica.
Ya estaban metidos en gastos fijos para poner en marcha su empresa, pero no podían generar ingresos por la falta de unos permisos que tardaban en llegar más de lo razonable. Alarmados, me confesaron que tenían que dedicar más esfuerzos a enfrentarse a la maraña administrativa que a conseguir sus primeros clientes. Les calmé con el manido consejo de que hay que tener mucha paciencia pues la actividad empresarial es una larga carrera de obstáculos y también les comenté que ese acecho burocrático no era nada personal contra ellos, como en la mítica frase de la película de El Padrino.
Aperturas retrasadas
Como ejemplo, les expuse que la mayor cadena de restauración de Castilla y León, con una facturación de más de 100 millones y una red de 79 restaurantes, acababa de enviar una nota de prensa donde, aparte de repasar su brillante evolución en 2025, aseguraba que 3 nuevas aperturas de establecimientos “no pudieron materializarse dentro del ejercicio debido a retrasos administrativos y de licencias ajenos a la compañía”. Creo que nos les consolé mucho, pero al menos evité asustarles más al omitir que inexorablemente también recibirán la visita de los hombres de negro de la Agencia Tributaria.
Esta anécdota refleja una realidad muy cruda: un reciente estudio afirma que el 80% de los emprendimientos en España fracasa en menos de 3 años y según la propia patronal el 59,6% de las empresas que se crean no supera los 5 años de vida, un porcentaje muy superior a la media de la UE. ¿Somos más torpes que nuestros vecinos comunitarios? Pues sinceramente creo que no, los motivos de esta elevada mortandad se deben a elementos externos a la propia gestión.
Burocracia e hiperregulación
Vivimos en un país entregado a la burocracia y a la hiperregulación (por poner un ejemplo, en el sector del comercio durante 2025 se aprobaron o modificaron 1.411 textos normativos en España, lo que significa que estos negocios tuvieron que conocer y ejecutar 3,8 nuevas normas cada día), con una maquinaria administrativa perfectamente engrasada para controlar y fiscalizar desde el principio la actividad empresarial, a la que se considera culpable de no cumplir con sus obligaciones hasta que no se demuestre lo contrario, justo al revés de una de las máximas fundamentales del Derecho como es el principio de presunción de inocencia.
Añadan a este escenario unos elevados costes laborables y una desaforada presión fiscal para comprender los motivos de la baja supervivencia de las empresas españolas en sus primeros años de vida, tal como refleja el sondeo empresarial publicado por nuestra revista el pasado mes de enero, donde las trabas burocráticas y los altos impuestos son señalados por los empresarios entre los principales problemas para el desarrollo de sus negocios.
Desincentivo a crear negocios
Afianzar un entorno hostil a la actividad empresarial no sale gratis: desincentiva a quien está pensando en crear su propio negocio, fulmina un alto porcentaje de empresas en sus primeros años de vida y expulsa a otros países a los jóvenes mejor preparados con un gran potencial para desarrollar empresas innovadoras e internacionalizadas. Recientemente conocí a un emprendedor de Castilla y León que había constituido su empresa en Dubái por las ventajas fiscales, la rapidez de los trámites administrativos y su decidida política de apoyo a los inversores. Hizo números en comparación con España y, como era de esperar, eligió el Emirato Árabe.
Desde luego que debemos seguir animando a nuestros jóvenes a que intenten constituir sus propios negocios, pero también tenemos que ser honestos y advertirles de la alta mortalidad de empresas debido a una fiscalización excesiva, la insoportable carga burocrática, la complejidad normativa y la elevada presión tributaria. Y, cómo no, recordarles la máxima del inventor y empresario estadounidense Thomas Edison en sus proyectos: “un 99% de transpiración y un 1% de inspiración”.