El sector turístico, demasiado grande para dejarlo caer

Por: Alberto Cagigas
Alberto Cagigas, hostelería, Covid, empresa, bar, restaurante, hotel, paro, ERTE
Ya han cesado su actividad el 20% de los establecimientos inscritos en 2019 en Castilla y León, otro 30% amenaza con bajar la verja este año.

Las únicas disciplinas en las que España ha sido una potencia mundial en las últimas décadas son los deportes, con unos éxitos tanto colectivos como individuales muy por encima de lo que nos corresponde por volumen de población, y la gastronomía y el turismo. Este país ha enlazado al menos tres generaciones de geniales cocineros, desde Juan Mari Arzak pasando por Ferran Adrià  hasta los actuales David Muñoz, Quique Dacosta o Ángel León, algunos de los cuales han dado clases magistrales en la prestigiosa Universidad de Harvard en EE UU, donde, por cierto, el también chef asturiano José Andrés se ha convertido en una de las personalidades con más influencia en la primera potencia económica del mundo, y no sólo en el ámbito gastronómico.

Respecto a la industria turística, además de ser el segundo país más visitado del planeta en la época pre-Covid (con más de 83 millones de turistas en 2019 frente a los 19 millones del pasado ejercicio), nuestras cadenas hoteleras se han extendido por casi todo el orbe, en un proceso de internacionalización sólo comparable al de Zara y muy superior al de la banca, las constructoras o las energéticas hispanas. Pese a esos hitos, con la pandemia se está debilitando de forma alarmante nuestro potente sector turístico, al que se ha abandonado a su suerte al aprobarse medidas más cosméticas que eficaces.

Tengo amigos y conocidos con presencia en la hostelería y la restauración, y cuando durante la dilatada crisis del coronavirus hablo con ellos para saber cómo se encuentran, me describen un panorama desolador que les está carcomiendo las pocas fuerzas que les quedan. En primer lugar, es un sector que está siendo demonizado cuando no es el principal foco de contagio y sin embargo es el que sufre de manera más acusada las duras restricciones. Les duele, y mucho, ver sus locales cerrados o con la actividad limitada a la vez que las calles comerciales se abarrotaban en Navidad de una multitud borreguil para observar las decoraciones luminosas y para comprar en las rebajas de las grandes franquicias, por no hablar de las masivas reuniones familiares, los botellones y las fiestas clandestinas. Y también les indigna, y mucho, que alguna autoridad afirme que no tiene sentido realizar cribados masivos mientras existan terrazas cubiertas en la hostelería, cuando esos espacios cumplen escrupulosamente con las medidas de seguridad sanitaria según la normativa vigente.

Inseguridad jurídica

Estos empresarios sufren también una falta de planificación por parte de las autoridades y una inseguridad jurídica con la que es imposible dirigir un negocio. Las normativas cambian de un día para otro y los farragosos boletines oficiales, en ocasiones, dan lugar a interpretaciones confusas. Este caos reglamentario provoca que muchos empresarios, con tal de tener abierto su hotel o restaurante, incurran en más gastos al adquirir sistemas de seguridad sanitaria, que luego no sirven para nada porque les impiden abrir el establecimiento. “Nos dicen que en 48 horas debemos de cesar nuestra actividad cuando llevo invertidos miles de euros en adaptar nuestras instalaciones, montar una terraza y ya tengo las neveras llenas con productos perecederos. Además de no dejarnos trabajar, nos hacen invertir en cosas que luego no valen para nada, como pasó con la Ley del Tabaco”, me comentaba un empresario del sector, abatido por la improvisación de los gobernantes.

No les dejan mantener abiertos sus negocios, pero les siguen cobrando la mayor parte de los impuestos; les ofrecen ayudas cuyos numerosos requisitos -la famosa letra pequeña- las hacen inaccesibles para un alto porcentaje de damnificados; ven asombrados cómo sus trabajadores con ERTE tienen problemas para cobrar en plazo; les regulan a todos por el mismo rasero, cuando no tiene nada que ver un restaurante de alta cocina con una tasca pues limitan el aforo por igual aunque el primero tenga ubicadas pocas mesas en amplios espacios y el segundo disponga de bancos corridos apilados en un localucho; les someten a cierres perimetrales geográficos que les aíslan de sus principales clientes; y en muchos casos empiezan a afrontar reclamaciones judiciales por impago de alquiler, con el consiguiente desahucio, al no poder pagar unas rentas cuyos precios fueron pactados antes del desplome económico, el mayor en España en tiempos de paz, provocado por la pandemia.

Efecto dominó

Estamos asistiendo al debilitamiento de una industria vital para nuestro país, con un efecto dominó más que evidente al afectar a las empresas agroalimentarias, a la distribución y al sector primario, sobre todo a los pequeños productores ubicados en esas zonas rurales de la llamada España vaciada. Y de paso vamos a consolidar zonas fantasmas en el centro de las ciudades, donde no habrá ni comercios, ni restaurantes ni bares. Sólo quedarán oficinas, de las pocas empresas que sobrevivan a la hecatombe, y franquicias internacionales de comida basura y ropa low cost.

Un paseo por esas calles de nuestras urbes refleja el drama, con decenas de locales con los carteles de Se vende, Se alquila o Se traspasa, dibujando un panorama desolador de espacios vacíos y abandonados donde antes había actividad y prósperos negocios relacionados con el turismo y la gastronomía.

Se ha estigmatizado a este colectivo y además se les ha dicho que es un sector atomizado, poco profesionalizado y débil, y que por lo tanto deben de aprovechar esta crisis para reinventarse con fórmulas como delivery, la elaboración de comida preparada para llevar o el fast food, como si fuera fácil transformar un negocio de la noche a la mañana precisamente cuando no tienes pulmón financiero, tu plantilla está acogida a los ERTE y tienes las manos atadas por las cambiantes restricciones de horarios y aforo, cuando no directamente prohibida la actividad por un indeterminado plazo marcado según la imprevisible evolución del número de contagios.

La debacle es de tal calibre que, según las asociaciones del sector, ya han cesado su actividad el 20% de los establecimientos inscritos en 2019 en Castilla y León, otro 30% amenaza con bajar la verja este año y hasta la mitad de las plantillas estaba en ERTE a finales de 2020, de las que un 30% tiene problemas para cobrar, llevando la ruina y la miseria a los hogares de estos profesionales. Como indicó recientemente una plataforma de casi 1.000 empleados creada para defender sus intereses, “el comportamiento de los millones de trabajadores que conformamos el sector turístico ha sido, hasta la fecha, ejemplar. Dando muestras de una extraordinaria capacidad de resiliencia, hemos acatado normas, acometido reformas, implementado medidas de adaptación y aceptado con resignación la insostenible intermitencia de nuestra actividad”. Para añadir, “después de un año perdido, se nos agota el tiempo”. Y las fuerzas y la ilusión, añado.

Algunos expertos estiman que la pandemia reducirá el sector al 50% en España. A eso se llama reconversión por las bravas en una comunidad autónoma que en 2020 redujo un 67% el número de turistas (con un descenso superior al 80% en el caso de los viajeros extranjeros) al pasar de casi nueve millones a rozar los tres millones. Es decir, seis millones de personas que dejaron de consumir en Castilla y León.

Intimidación

Se les ha señalado y también se les ha intimidado. En mis escasas e ineludibles comidas de empresa en el último año he sido testigo de situaciones tan lacerantes como policías locales pidiendo al encargado de una terraza abierta que retirara los toldos para mejorar la ventilación en un espacio ya suficientemente aireado y con una temperatura ambiente rozando los cero grados; o la de una patrulla de hasta cuatro miembros de las fuerzas de seguridad del Estado vigilando el aforo de una minúscula terraza en la que, ante la intimidatoria mirada de los agentes, sus escasos clientes teníamos la sensación de ser presos en libertad condicional a punto de infligir la ley. Y es que si hay un sector que en esta pandemia está pasando por una coyuntura que puede denominarse verdaderamente kafkiana (según la RAE, dicho de una situación: absurda, angustiosa), ése es el de la hostelería y la restauración.

En la pasada crisis financiera se hizo famosa la expresión too big to fail (demasiado grande para dejarlo caer), que dio lugar a una excelente película de HBO con el mismo título basada en el magnífico libro del periodista norteamericano Andrew Ross Sorkin, para referirse a bancos o empresas del tal tamaño que su quiebra arrastraría a toda la economía, con lo que las autoridades se ven en la necesidad de rescatarlas para evitar males mayores. En EE UU el crack financiero provocó un gran dilema, pues pese a ser fervientes defensores de la economía del libre mercado y del laissez faire, tuvieron que rescatar a varias entidades, como al final también acabó ocurriendo en España con varias cajas de ahorro. Hoy en día, nuestro prestigioso sector turístico, nuestra hostelería, nuestros restaurantes y nuestras agencias de viaje son too big to fail. Y hay que actuar ya, sin complejos, y en consecuencia, tal como han hecho otros países de la UE.

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