El impacto de la guerra de Oriente Medio en Castilla y León

Por: Carlos Martín Tobalina, viceconsejero de Economía y Competitividad de la Junta de Castilla y León
Carlos Martín Tobalina
Carlos Martín Tobalina, viceconsejero de Economía y Competitividad de la Junta de Castilla y León, alerta: “vivimos en un marco de inflación estructural, y éste será el principal enemigo del crecimiento económico en los próximos meses”.

El pasado 28 de febrero, Israel y EE UU iniciaron una ofensiva militar en Irán después de varias semanas de negociación sin acuerdo sobre la estrategia nuclear del país persa. El impacto económico de esta nueva guerra o conflicto armado será mayor de lo esperado en un principio debido al factor multiplicador que sobre la economía mundial tiene aquella parte del mundo.

Antecedentes

En artículos anteriores analizaba los efectos de algunas crisis bélicas como la de Ucrania sobre la economía internacional. La base del argumento utilizado era el alto grado de interdependencia de los factores que influyen en la economía global, incluso en tiempos de un creciente proteccionismo internacional.

Aludía entonces a un cambio en el orden económico internacional, especialmente impulsado por las grandes economías del mundo, con efectos especialmente evidentes desde la post pandemia hasta la fecha.

En el fondo de todo este argumento sobre el cambio de orden económico mundial emergen la guerra comercial y la deuda global como factores o inductores fundamentales.

Este proceso o cambio de orden, algunos (los más conspiranoicos) lo etiquetan como reseteo, otros lo prefieren atribuir a un poder omnipresente financiero global en torno a un estado de deudocracia, otros abogan por atribuir todos los conflictos actuales a una resistencia al globalismo impulsada por parte de determinadas élites políticas, financieras y tecnológicas, pero, en definitiva, lo que es innegable, es que asistimos a otro capítulo más del nuevo orden económico internacional.

La economía mundial ha vivido desde los años 80 un proceso de multilateralismo y globalización (que no globalismo) cuyos beneficios globales han superado en mucho las tensiones generadas por dicho proceso. En la actualidad, hay más y mejor acceso a la tecnología, hay una indudable incorporación de millones de personas de territorios antes dominados por la pobreza a una relativa clase media, hay más generación de riqueza, y en gran parte, todo este proceso ha venido presidido por la destrucción de barreras comerciales entre territorios y países, y cuya progresiva desaparición ha permitido en los últimos 50 años la creación de un estado económico global escorado hacia teorías propias del libre comercio, de la liberalización y la globalización como axiomas de crecimiento.

Este proceso mundial, cuando afecta a la economía, genera lógicamente tensiones en la acumulación de capital y de trabajo, ejes fundamentales para el crecimiento de los territorios junto con la velocidad y la implantación de la tecnología, tal y como esgrimía Solow en su modelo de crecimiento económico de los territorios. Evidentemente, los flujos entre territorios de acumulación de capital y trabajo generan resistencias, tensiones, conflictos, pero, en definitiva, los resultados positivos de la época de multilateralismo y libre comercio que amenaza con finalizar en esta década son innegables.

Volviendo al caso de la nueva Guerra del Golfo, las tensiones desatadas desde el 28 de febrero en la zona referida deben revisarse desde una perspectiva de distintas estrategias geopolíticas, energéticas, comerciales y financieras que van a suponer una escala más en el mencionado cambio de orden económico global.

Tensión geoestratégica

Desde el punto de vista geoestratégico, es imposible alcanzar un entendimiento razonablemente global a este conflicto sin conocer mínimamente la singularidad de esa parte del mundo desde una visión histórica, cultural, religiosa y económica.

El Golfo Pérsico es un punto crítico en el comercio internacional. Desde el norte, en la desembocadura de los ríos Tigris y Éufrates, hasta el sur, en el estrecho de Ormuz, pequeña isla perteneciente a Irán que da nombre a ese estratégico paso, ha supuesto siempre un área objeto de control por las grandes potencias comerciales del mundo. Primero fueron los portugueses, los que a principios del siglo XVI quisieron controlar ese paso estratégico para asegurar el paso de mercancías desde la India hacia occidente. Sultanatos como Omán o la propia isla de Ormuz guardan aún vestigios portugueses en su territorio.

Posteriormente, ya en el siglo XVII, fueron los británicos quienes tomaron el relevo de Portugal como potencia occidental que debía asegurar el paso de Ormuz y el tránsito de mercancías desde la India hacia occidente. Lógicamente, la posición predominante inglesa en toda la zona -especialmente en la India- facilitaba y aconsejaba esta estrategia defensiva.

En ese proceso, los británicos reforzaron la estrategia anterior de los portugueses con acuerdos de protectorado con las tribus y sultanatos de la zona para evitar ataques de piratas en ambas costas del Golfo, tanto de persas en la costa oriental como de grupos tribales en las costas occidentales del Golfo. Es entonces cuando surgen dichos acuerdos de protectorado británico que fortalecen la presencia británica en la zona hasta épocas contemporáneas. Sultanatos como Kuwait, Qatar, Bahréin, o más adelante en el siglo XIX aquéllos pertenecientes al sur del Golfo conocidos como los Trucial Estates (estados de la Tregua) que acabaron consolidándose avanzado el siglo XX (1971) como los Emiratos Árabes Unidos y que, en su momento, también alcanzaron un acuerdo de protección con el imperio británico que ofrecía seguridad a cambio de paz en la zona para sus flujos comerciales.

Durante esta época, los estados o sultanatos de la costa occidental del Golfo y los intereses de Irán (Persia) estaban también amenazados por la presencia del potente Imperio Otomano cuyos intereses se desplegaban en la zona, especialmente en el norte del Golfo y las rutas que alcanzaban Basora, localidad hoy perteneciente a Irak, y paso fundamental de las mercancías hacia occidente.

En cualquier caso, no fue hasta principios del siglo XIX cuando se descubre la existencia de grandes yacimientos de petróleo en el entorno del Golfo Pérsico y se inicia el gran despegue económico de toda la zona. Hasta entonces, no hubo grandes conflictos militares en un área geográfica que, siendo estratégica para el tránsito comercial internacional, no generaba excesivas tensiones internacionales.

El petróleo cambió la estructura económica y, por lo tanto, generó intereses y conflictos en la zona. Irán y el resto de los países o protectorados ingleses del Golfo se convirtieron en territorios sometidos a grandes tensiones por el control de la explotación de sus recursos y la comercialización de éstos. A la influencia británica en la zona y los recursos petroleros, le siguió la influencia de las grandes empresas de hidrocarburos estadounidenses.

Los estudios que existen sobre la zona estiman que un 60% de las reservas de petróleo mundial se encuentran en esa área, si bien, en la actualidad el Golfo Persico supone el 20% del comercio mundial de este bien al que hay que sumar la explotación de gas natural esencial para la generación energética global y que supone el 30% del comercio mundial de gas, especialmente relevante en Qatar, país que se ha convertido en la potencia principal de la zona en extracción y comercialización de GNL.

Las tensiones entre países de un lado y otro del Golfo Pérsico siempre han estado latentes en la zona. En el oeste del Golfo, la gran potencia aliada de intereses occidentales -especialmente de EE UU- es Arabia Saudí, líder en la explotación de petróleo en la zona. Junto a Arabia Saudí, las otras grandes potencias de extracción de petróleo en la parte occidental son los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Bahréin, y en menor medida, Omán. Frente a las costas de estos países, se encuentra Irán, que, desde un punto de vista de producción, no puede compararse a los países occidentales del Golfo. Para que se puedan hacer una idea, Arabia Saudí extrae por encima de 8 millones de barriles diarios mientras que Irán se sitúa por encima de 3 millones de barriles diarios.

El destino de la producción de petróleo iraní es principalmente a países de su marco oriental (desde India hasta China), mientras que la producción de los países del occidente del Golfo diversifica su destino en mayor medida.

Conflictos en la zona

Existen tensiones poco conocidas en la zona desde una perspectiva estratégica y de soberanía de territorios. Por ejemplo, desde la creación en 1971 de los Emiratos Árabes Unidos, existe una rivalidad con Irán sobre 3 pequeños islotes frente a las costas de ambos países. Estos territorios tienen poco valor económico pero una importancia estratégica en su localización por la cercanía a Ormuz. Los EAU los reclama como propios desde su consolidación como nuevo estado, una vez que los británicos se retiraron de la zona. Irán no ha dejado de proclamar que es un territorio soberano iraní sobre el que va a defender por los medios que sean su propiedad.

Entre Arabia Saudí e Irán existe una histórica tensión y competencia que se ve siempre condicionada por argumentos de tipo religioso. Siendo ambos países de mayoría confesional musulmana, ambos son también el eje de las 2 principales ramas del islam, el sunismo y el chiismo. La primera de ellas representa casi el 90% de la confesión islámica, mientras que el chiismo tiene una confesión estimada del 10% a 15% del islam. Sin entrar en las diferencias entre ambas ramas, es importante resaltar que el sunismo es predominante en Arabia Saudí, Kuwait, EAU y Qatar, mientras que Irán es el principal país islámico de la rama chiita.

En general, ambas ramas religiosas conviven en los países de esta confesión sin que existan en la actualidad grandes tensiones políticas y menos civiles. Por ejemplo, en Bahréin, la rama predominante es el chiismo y la familia reinante es suní, algo que ha generado algunas tensiones en el pasado reciente, pero sin llegar a graves conflictos.

Lo que sí que es un hecho es el apoyo que el régimen iraní chiita otorga a facciones terroristas chiitas como Hizbulá en Líbano, algo que genera grandes conflictos con su gran enemigo, Israel. Por otro lado, Irán también ha dado apoyo al terrorismo de Hamás en Gaza, siendo este grupo terrorista de confesión suní.
Es decir, hay diferencias y tensiones confesionales entre los territorios del este y oeste del Golfo, pero no son ni mucho menos la base del conflicto militar.

Como ya se ha comentado en varios artículos anteriores, las crisis bélicas, cada vez más frecuentes en los últimos años, responden en mayor medida a un marco de reajuste del orden económico global.

El papel de Israel en el conflicto

No se podría entender el conflicto actual sin analizar en cierta perspectiva el peso e influencia de Israel en este territorio y los terribles acontecimientos que se vienen sucediendo desde hace 2 años y medio en la zona.

Antes de aquel fatídico 7 de octubre de 2023 con el ataque terrorista de las milicias de Hamás a civiles de Israel en las proximidades de Gaza, Israel estaba desarrollando una ofensiva diplomática apoyada por EE UU para normalizar el papel de esa potencia económica y militar en Oriente Medio (Oriente Próximo, en función de la perspectiva). Trataban de ampliar el esquema de estabilidad y paz en aquellos territorios en un acuerdo que se había firmado en septiembre de 2020 entre Israel, EAU, Bahréin, Marruecos y Sudán. Este planteamiento se iba a ampliar a Arabia Saudí e incluso a Qatar, que había mantenido una posición más crítica al respecto por la posición de Palestina dentro del estado de Israel.

Todos estos acuerdos son vistos desde la perspectiva del enemigo íntimo iraní como una forma de marginar sus intereses en la zona.

Los ataques y asesinatos terroristas del 7-0 de supusieron un punto de inflexión para la siempre débil paz en la zona. Los vínculos atribuidos al grupo terrorista Hamás con el régimen iraní y provocaron una reacción inmediata de Israel en Gaza, en Líbano -atacando intereses del grupo terrorista Hizbulá- y distintas incursiones o ataques en Irán. La determinación de Israel por eliminar la amenaza terrorista en la zona ha venido arrastrando EE UU en la ofensiva que culmina (de momento) con el último conflicto armado en el Golfo Pérsico desde el 28 de febrero.

Israel tiene capacidad de influencia en la política exterior de los distintos ejecutivos de EE UU, tanto por el peso de la próspera comunidad judía en el gigante americano como por la capacidad que Israel tiene de condicionar e impulsar intereses occidentales en Oriente Medio. Sin embargo, sería un gran error vincular todas las decisiones de EE UU al interés de Israel y viceversa. Ambos países son aliados, sus intereses pueden llegar a coincidir, pero la iniciativa de esta última crisis bélica puede tener distintas derivadas.


En el caso de Israel, se trata de un capítulo más en su ofensiva por la garantía de seguridad en la zona minando la capacidad ofensiva de sus enemigos declarados. En el caso de EE UU, el interés tiene una vertiente que, si bien es complementaria a la seguridad sobre la amenaza iraní en la fabricación de armamento nuclear, impacta sobre los intereses de aquellos territorios o bloques que considera que amenazan el orden mundial económico que quiere seguir consolidando y liderando.

De nuevo, creo que es necesario contemplar desde una perspectiva más global el carácter estratégico que para economías orientales como India y especialmente China, tienen los recursos y el territorio iraní que alberga una ruta clave en la que China lleva años invirtiendo en grandes infraestructuras en su nueva Ruta de la Seda para el comercio entre oriente y occidente. Irán, por su parte, ha mantenido una posición beligerante y contraria a acuerdos entre los países árabes de Oriente Medio y el propio Israel, acuerdos que han sido patrocinados o bendecidos por el ejecutivo de EE UU, recordémoslo, tanto bajo el liderazgo del gobierno demócrata como republicano.

Dichos acuerdos, también han sido apoyados por el propio Gobierno chino, el cual interpreta que una pacificación en la zona impulsará su predominio comercial en el mundo y pondrá en valor su supremacía industrial y capacidad exportadora.

Desde otra perspectiva, cabe también señalar que Israel, en su estrategia de influencia económica en la zona, alberga intereses en la producción de gas natural en sus costas y en una hipotética ruta de transporte de los hidrocarburos desde producciones de Oriente Medio hacia occidente a través de rutas alternativas que transiten por el país hebreo.

Impacto energético en la zona

Por el Golfo Pérsico, circula el 20% de la producción petrolífera mundial y el 30% del GNL, tal y como anteriormente comentamos. En la medida en la que este conflicto se alargue y afecte a un cierre del estrecho de Ormuz, el impacto en la economía global se irá agravando.

El grado de exposición de los grandes bloques económicos a este hecho es desigual. Los primeros afectados, lógicamente, son los países del Golfo, aquéllos que más directamente sufren el impacto de un cierre de la salida de su recurso energético, la amenaza de ataques a sus instalaciones petrolíferas y de gas, y la consecuente pérdida de ingreso. El principal productor de la zona, Arabia Saudí, trata de dar salida al recurso a través de vías de menor capacidad como los oleoductos que atraviesan la península saudí hasta el mar Rojo en la parte más occidental de este territorio. Sin embargo, sobre esa zona amenaza de nuevo la presión iraní a través de sus aliados hutíes, grupo chií con implantación en Yemen que ya ha tenido graves conflictos con intereses occidentales -especialmente de EE UU e Israel- y que pueden activarse para poner más en riesgo, si cabe, la salida del recurso energético al mercado por esta otra vía occidental de la península arábiga.

La exposición de los 3 grandes bloques económicos al shock de oferta es distinta. La UE tiene una mayor exposición que China y EE UU a la paralización del 20% del comercio de petróleo y cerca del 30% del GNL. Los efectos en los precios ya se están notando lógicamente con incrementos en los hidrocarburos y acciones preventivas anunciadas por parte de la UE y algunos de sus gobiernos para evitar desabastecimiento energético.

En el caso de EE UU, los movimientos anteriores a la intervención en el Golfo Pérsico en Venezuela han permitido una cobertura de seguridad que antes no tenían. De la misma forma, EE UU siendo el principal productor mundial de crudo (este hecho no se suele poner en valor y es a veces desconocido por el gran público) es capaz de ampliar su oferta y controlar así el precio del galón de petróleo para el consumidor estadounidense. De hecho, el precio del barril Brent que se usa en el mercado internacional (referencia europea) ha subido más -unos 13 puntos porcentuales- que el precio del barril Texas en EE UU.

En cuanto a China, en una economía con medidores o indicadores más opacos, los efectos de la crisis en el Golfo están por verse reflejados en próximas semanas. Una economía como la china, tan enfocada a las exportaciones de su industria, tendrá que reflejar en los precios el incremento del coste energético, si bien no sería la primera vez que la industria china se demuestra resiliente a un efecto inflacionario energético global.

En todo caso, y en vista de que pudiera resentirse su capacidad exportadora por el incremento de los insumos energéticos, siempre podrá devaluar su moneda con más emisión y provocando una guerra de divisas, aún a costa de provocar más inflación. Recordemos que la tasa de inflación en la que se mueve China, aun habiéndose acelerado en el mes de febrero (pasó del 0.2% al 1.3%), es muy baja en comparación con las tasas que vivimos y vamos a sufrir en la UE y en EE. UU.

Es cierto que China tiene en Irán a uno de sus principales proveedores de crudo, pero no es el único, y ni mucho menos su volumen de importación será determinante a corto plazo para los intereses de la industria china. Del total de las importaciones chinas de crudo, el origen iraní es el 10%. Sin embargo, China es el principal destino de las exportaciones iraníes de crudo.

Para intentar paliar en lo posible esta deriva inflacionaria en el precio de los hidrocarburos, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) acordó en marzo de 2026 la mayor liberación de reservas estratégicas de petróleo de su historia: 400 millones de barriles. Sin embargo, este incremento de oferta en base a las reservas de petróleo dará respuesta a relativa estabilización de la demanda mundial durante un mes como máximo. Hay que tener en cuenta, que la demanda global de petróleo es de unos 100 millones de barriles diarios.

El Ejecutivo de EE UU ha autorizado también la venta de petróleo ruso ya cargado y en tránsito en buques de altamar. Esta medida pretende también relajar la presión sobre los precios, de la misma forma que facilita a Rusia unos ingresos que estaban siendo vetados por los aliados occidentales en sus sanciones al gobierno ruso por la invasión ucraniana.

Estas medidas son de muy corto plazo y no tendrán el efecto deseado si el conflicto se alarga. Afortunadamente, dentro del desastre que puede suponer para la economía internacional por el efecto contagio de un bloqueo en el Golfo Pérsico de mercancías, el efecto sobre el GNL en la UE puede verse parcialmente paliado en estas fechas por la menor demanda civil de esta fuente energética vital para nuestras economías. Habiendo sobrepasado ya los meses de más frío, la demanda de GNL se reduce y las reservas de GNL están razonablemente cubiertas. El riesgo sigue estando en la estabilización y estancamiento del conflicto, algo que contraviene a toda lógica económica, pero que no puede descartarse.
Esa misma fortuna en la estación temporal sobre la que ha ocurrido esta crisis, se torna en desgracia cuando los efectos del contagio sobre el incremento en los precios de hidrocarburos, y en especial sobre los del gas natural, afectan a la cadena de fabricación de fertilizantes que incorpora el propio gas natural y que supone una transformación en -metano-amoniaco-urea-fertilizante/pienso, hasta la llegada al sector primario.

Nos adentramos en fechas críticas para el trabajo en la producción agrícola que necesita de fertilizantes y piensos para su explotación. El incremento en los precios de estos productos que ya se ha descontado amenaza los márgenes de las producciones agropecuarias, especialmente de aquellos territorios donde la actividad del sector primario es fundamental para nuestra economía.

Volviendo a la crisis de hidrocarburos y su impacto energético en los mercados derivado de la crisis el Golfo y el cierre de Ormuz, hay que descontar que el shock de oferta que produce este efecto tiene ya un efecto inflacionario sobre hidrocarburos (petróleo y sus derivados más GNL) que va a arrastrar incremento de los costes energéticos a lo largo de todo el año 2026, independientemente de que, en el mejor de los casos, se produjera una deseada finalización al conflicto bélico a corto plazo.

En este sentido, se debe considerar que, de llegarse a un deseado acuerdo de paz en la zona, se tardará tiempo en reconstruir parte de las grandes infraestructuras de gas y petróleo dañadas por la guerra. En el caso de las grandes centrales de extracción de gas en Qatar se estima que al menos se necesitarán 3 años para reestablecer las infraestructuras dañadas, lo que sin duda va a afectar a la oferta mundial de estos recursos tanto en volumen como en precio.

Impacto comercial global

Corren malos tiempos para las corrientes que impulsaron durante los últimos 50 años un marco global de libre comercio y multilateralismo. Corren malos tiempos para la globalización. Episodios como el que estamos viviendo se unen a los procesos proteccionistas analizados en artículos anteriores en los que hacía referencia a la guerra comercial entre grandes bloques económicos y su uso (y abuso) de la política arancelaria para intervenir sobre determinados intereses, no sólo comerciales, también financieros y geopolíticos de este nuevo orden económico mundial.

La guerra de Ucrania provocó una tensión en la cadena de suministro energético, especialmente en la UE, y afectó muy negativamente a parte de las capacidades productivas desarrolladas en el marco de la UE dentro de sectores industriales tradicionales tan importantes como la automoción, agravando la deriva inflacionista que se empezó a notar desde el año post pandémico 2021, todo ello por la indiscriminada política montera expansiva.

La política arancelaria impuesta por el ejecutivo de EE UU desde abril del 2025 ha tensionado más las relaciones comerciales entre los grandes bloques económicos y ha contribuido, cuanto menos, a profundizar en el carácter estructural de la inflación global.

El último (o penúltimo) conflicto en Oriente Medio integra singularidades que hacen que el impacto sobre el comercio sea más palpable en el corto plazo en lo relativo al incremento de costes.

Por un lado, tal y como hemos comentado anteriormente, el shock de oferta de los hidrocarburos hace que se disparen los precios de forma inmediata sobre un factor productivo esencial en la industria.

Por otro lado, por el Golfo transita un porcentaje relevante del comercio internacional de otros productos como aluminio, azufre, amoniaco, urea, fertilizantes, medicamentos genéricos, que son procesados en sus fases finales en aquella zona para distribuir a los grandes mercados mundiales. Una interrupción de este tránsito significa, de nuevo, un efecto inmediato de interrupción de la cadena de suministro de estos productos indispensables para otras industrias, un incremento en los costes de los mismos, en definitiva, un episodio inflacionario.

Atendiendo a efectos ‘de segunda ronda’ en el ámbito internacional, tal y como antes mencionamos, el destino del petróleo iraní afecta como mercados principales a países orientales como China o India. En el caso de China, Irán es mucho más dependiente de aquel país de lo que China pueda serlo de Irán. Para el país persa, China es su principal cliente en las exportaciones de crudo, mientras que, para China, el petróleo iraní supone un 10% del total del petróleo importado.

Sin embargo, el hecho de que países con capacidades industriales como China o India hayan visto incrementar el coste energético de sus principales fuentes de generación afectará al precio de muchos de los productos de uso común para los consumidores occidentales. Por poner un ejemplo, el consumo de fármacos de todo tipo, algo muy extendido en EE UU, tienen una dependencia muy relevante de los llamados genéricos (en más de un 50% del mercado norteamericano). La mayor parte de estos genéricos se fabrican en India y se envasan en los países del Golfo para su exportación a EE UU. Para la fabricación de estos genéricos, se acude a principios activos cuyo principal fabricante es China. Es decir, en poco tiempo, una vez que los stocks de estos productos se vayan terminando, los precios de los fármacos genéricos se verán afectados por el bloqueo del estrecho de Ormuz y por el incremento de los precios energéticos.

Este ejemplo puede ser fácilmente ampliable a productos de sectores tan, o incluso más expuestos a este contagio alcista en la cadena de suministro. En este caso hablamos de sectores industriales intensivos en energía y con gran exposición al comercio internacional con efectos de primera y segunda ronda como acabamos de ver.

El sector primario, la industria de plásticos, los envases, la metalurgia, el sector de la automoción, el sector químico, el sector farmacéutico, la industria agroalimentaria, son sectores que ya están descontando incrementos en precios y, lo que es más importante, posibles problemas de desabastecimientos en el medio plazo.

Impacto financiero global

La crisis del Golfo Pérsico amenaza también con desatar desequilibrios financieros internacionales que vienen estando latentes durante los últimos años y que se sujetan en base a un común interés global de mantener vivo y vigente un estado global ‘deudocrático’ basado en una política monetaria hiperexpansiva en base a la creación de deuda.

La espiral inflacionista tiene como primer reflejo y consecuencia un incremento, o al menos, una resistencia a la previsible bajada en los tipos de interés por parte de los bancos centrales y por parte del mercado de deuda. Primer revés para las aspiraciones de crecimiento de la economía global. El único y eficaz instrumento para atajar picos inflacionistas a corto plazo es elevar los tipos de interés o no reducirlos cuando así se había previsto, es decir, condenar el crecimiento de la economía buscando una ralentización en la demanda vía menor crédito.

Este proceso llevará un shock de demanda de empresas y clases medias que van a cobijarse en un ahorro y menor consumo para cubrirse del incremento de los costes. Es decir, al incremento en precios por el shock internacional de oferta le sigue, especialmente en aquellos territorios menos competitivos, un shock de demanda que suele llevar a escenarios de estanflación, es decir, crecimientos planos, inflación, y de alargarse el proceso, pérdida de empleos.

Los mercados financieros ya han reaccionado desde hace semanas a esta crisis con caídas importantes, tanto por la incertidumbre que genera la crisis bélica en toda la economía, como por el temor a una más que previsible subida en los tipos y una congelación del crédito.

A este proceso, le sigue una corrección de valoraciones inmediata en los balances de los bancos de las grandes economías que están en muchos casos saturados de activos emitidos en bonos que perderán valor al incrementarse los tipos de interés.

El dólar, teóricamente se debería ver reforzado en las crisis de este tipo en el corto plazo al ser esta moneda un activo refugio en casos de incertidumbres y crisis. Así ha venido ocurriendo desde finales del mes de febrero, sin embargo, a medida que avanza la crisis, por un lado, los sucesivos ‘amagos’ de planes de paz (aún endebles) y, por otro lado, la pérdida en la confianza en la deuda norteamericana que se ha venido dando los últimos meses en los mercados internacionales se ha visto reflejada en una sucesiva venta de bonos de la gran potencia económica mundial y una pérdida de valor del dólar. Los países se deshacen de deuda de EE UU para adquirir liquidez. Este proceso puede llevar a sucesivas correcciones en los mercados de valores y balances de grandes entidades financieras que ven disminuir el valor de sus inversiones en activos / bonos de EE UU.

Otro factor que agrava esta devaluación de la moneda, aunque en menor medida, es la decisión de Irán (y su posible efecto contagio) de exigir para la venta de sus hidrocarburos el uso de yuanes chinos en detrimento de dólares, lo que vuelve a poner en riesgo un proceso de depreciación del dólar por una disminución de la demanda de esta moneda refugio.

En este punto, cabe hacer un mínimo análisis del riesgo creciente que esta guerra aflora sobre el estatus quo del sistema o patrón ‘petrodólar’. Fue éste el sistema que se habilitó entre los años 1973 y 1974 entre la Administración Nixon y el gobierno de Arabia Saudi para la comercialización y exportación de los barriles de crudo de la zona denominada en dólares estadounidenses. EE UU invertiría en explotaciones y a cambio, los excedentes de las operaciones serían invertidos en bonos o deuda de EE UU. Un fantástico modelo para los intereses norteamericanos que verían garantizada la financiación de su deuda pública y reforzada su moneda con un patrón petróleo en lugar del anterior patrón oro. Además, EE UU se comprometía a otorgar seguridad militar a la zona.

Pues bien, la viabilidad de este modelo puede verse cuestionada a partir de crisis como la que estamos viviendo estas semanas con la posición iraní que obliga a saltarse el modelo antes explicado para exigir una comercialización de los barriles de crudo en yuanes o permitir la misma en criptodivisas para saltarse las prohibiciones de EE UU.

¿Crisis de liquidez?

Quizás el principal peligro para los mercados financieros derivado de esta situación en el Golfo es una previsible tensión en la liquidez que esperemos que no pueda llegar a ser una crisis. A esta tensión contribuirían los incrementos en tipos de interés que detraen liquidez y crecimiento del sistema, la salida del mercado de los inversores que huyen expulsados por la volatilidad de los mercados financieros, la retracción del comercio internacional por el efecto inflacionario, y la ruptura de cadenas de suministros e incremento en los seguros y fletes globales, lo que hace que se puedan retrasar pagos y afectar así a un grave problema de liquidez global.

Es quizás por ello, por lo que, tal y como comentábamos anteriormente, se viene dando una corriente global de venta de bonos de EE UU y otros países para obtener liquidez en dólares y asegurar pagos presentes y futuros, un proceso que incrementa el temor a estrecheces en la liquidez, que amenaza el estado global de deuda y que hace subir tipos de interés a largo plazo de activos que vienen siendo referencia como los mencionados bonos de EE UU que se mueven en el entorno del 4,5%, interés tres veces mayor al de los bonos chinos.

Dicho de otro modo, el mercado otorga tres veces más al riesgo de financiación a largo plazo de la potencia norteamericana que al riesgo de la potencia china. ¿Estaremos en un ciclo en el que los mercados se cobijen los activos chinos ante los riesgos geopolíticos? En mi opinión, mientras haya control de capitales en economías como la de China, no será así, sin embargo, no deja de ser significativa la pérdida de confianza global hacia activos occidentales que hasta hace muy pocas fechas eran un claro refugio en épocas de riesgo e incertidumbre.

Este proceso de subidas en los tipos de interés de bonos a largo plazo dificultará más aún la refinanciación de la gran deuda pública norteamericana y obligará a la primera potencia del mundo a emitir más deuda para pagar el gasto financiero del incremento antes aludido. Una espiral diabólica que lleva a más tensiones inflacionistas.

En ese equilibrio en los mercados financieros internacionales nos venimos moviendo cuando ha llegado la tregua militar de 2 semanas en la que esperamos que pueda consolidarse una paz que traiga estabilidad al inestable marco económico mundial.

Esta tregua ha contribuido decisivamente a la bajada del precio de los hidrocarburos, a la reducción de los tipos de interés a largo plazo de los bonos, y, por tanto, de la financiación y refinanciación de la deuda global, cuestión esta crítica para países como EE UU, al rebote alcista de las Bolsas, y a la estabilización de las fluctuaciones en el mercado de divisas. Está claro que el mercado financiero es el más sensible a expectativas, y en este sentido, hemos de reconocer que la expectativa de una paz contribuye a un reequilibrio de los factores antes descritos que afectan a la volatilidad del sistema financiero global.


Sin embargo, el comercio internacional tardará más, en el mejor de los casos de un acuerdo de paz rápido y deseado, en reacoplar o estabilizar sus parámetros acercándolos a indicadores pasados. El shock de oferta provocado por esta nueva guerra va a provocar con toda seguridad un shock de demanda global durante el año 2026, tal y como comentaba anteriormente. Está por determinar el grado de impacto de este shock global de demanda, y será la medida de este impacto la que determine el impacto en la ralentización de la economía.

Las cadenas de suministro de algunos sectores se han roto, y recomponerlas cuestan mucho más tiempo que los ajustes de los mercados financieros, al igual que la desconfianza generada en el transporte internacional.

La tregua de dos semanas que se ha establecido para intentar llegar a un acuerdo de paz entre EE UU e Irán finalizaría en las semanas previas a la reunión prevista en mayo entre los presidentes de EE UU y de China en una cumbre que se antoja como definitiva para el futuro económico mundial. Parece lógico intuir que China también aboga por un acuerdo de paz en la zona y que ha podido influir en la voluntad de Irán por llegar un acuerdo en la conferencia de paz propuesta por Paquistán.

Sea cual sea el acuerdo al que se llegue, es imposible que el marco de tránsito comercial en Oriente Medio, especialmente del Golfo Pérsico, vaya a quedar como antes de la guerra. Irán exigirá condiciones que van a afectar al comercio de hidrocarburos y tránsito en la zona y que van a encarecer el mismo, aunque sólo sea por la exigencia de pago de cuotas por atravesar el estrecho de Ormuz. El resto de los países del Golfo querrán asegurar la producción futura con garantías de todo tipo (incluyendo inversiones) que también encarecerán el tránsito, en definitiva, la deseada paz tendrá un precio que afectará con total seguridad a los recursos energéticos. Este hecho impactará en los bloques económicos más expuestos, especialmente, los occidentales, y dentro de éstos, la UE.

España y Castilla y León

Todo este análisis del conflicto en distintas vertientes se refleja en una primera y lógica consecuencia en forma de rápido repunte inflacionario que ya se ha notado a lo largo de los meses de marzo y abril. En España, el repunte en precios ha sido mayor (3,3%) que en la media europea (2,5%), todo ello por la mayor exposición al impacto directo en el incremento en el mercado de hidrocarburos y por el efecto de la demanda en un país turístico en el que los efectos de las vacaciones de Semana Santa también impulsan los precios.

Es este último caso, el del turismo y los servicios, el que en última instancia puede beneficiar a un país como España en próximos meses al derivarse parte del turismo que venía dirigiéndose a países orientales hacia territorios más estables como el nuestro. Por otro lado, veremos cómo se comporta la demanda turística interna, en un momento en el que las rentas medias se vuelven a ver afectadas y amenazadas por un nuevo incremento en las tensiones inflacionarias, cuestión ésta que debería influir a la baja en la propensión consumidora.

Los efectos de esta penúltima crisis sobre las economías locales tienen que ver, lógicamente, con el grado de exposición que tengamos a los sectores que en primera ronda se ven impulsados en los precios de carburantes.

En el caso de Castilla y León, los efectos los debemos medir en las industrias intensivas en consumo energético, como la industria del metal, química, farmacéutica, las industrias sensibles al transporte para el uso de los bienes o insumos intermedios en su cadena de valor como el sector de la agroalimentario, y el comercio en segunda derivada, la industria de la automoción (en menor medida en el primer impacto de la crisis), y especialmente el potente sector primario castellano y leonés, que ve de nuevo amenazada la rentabilidad de su negocio ante el inmediato incremento en el precio de fertilizantes y piensos al que anteriormente hacía referencia.

El principal análisis que se debe hacer en el impacto de esta nueva crisis debe estar centrado en 3 ámbitos: en primer lugar, los riesgos de incrementos inmediatos en costes, en segundo lugar, sobre el impacto que este incremento tendrá en los márgenes de estos sectores, y, por último, en el impacto final que sobre la economía autonómica tendrá este efecto en el año 2026.

En un escenario de tensión media o meseta de conflicto a lo largo del año 2026, para un incremento en los precios de hidrocarburos (ya superado) del 25%, el incremento medio en los costes de producción de estos sectores se mueve entre incrementos suelo totales mínimos del entorno del 5%.

Con relación a la degradación de márgenes, nos movemos, para los mismos sectores, y en el mismo caso de escenario meseta de crisis, en unos descensos de entre el 1,5 y el 4% de los márgenes.

Finalmente, con relación al impacto en el crecimiento de la economía autonómica esperada para el año 2026, esta crisis amenaza con lastrar entre un 20% y un 25% el crecimiento esperado de la economía de Castilla y León, siempre y cuando la crisis y tensión militar no se agrave en la zona de conflicto.

Para cubrirnos del efecto inflacionario y el shock de oferta de este momento, es necesario reforzar las garantías de acceso a los sistemas de crédito y liquidez, impulsar un frente inmediato de eliminación de la presión fiscal en varios ámbitos, especialmente en el que afecta a la presión fiscal en la renta, también es necesario reforzar la internacionalización de las capacidades productivas de nuestros productos y servicios en todos los mercados, para lo cual se necesita facilitar y financiar la innovación en productos y servicios que permiten añadir o agregar valor a la producción local, todo ello con el objetivo de defender ese mayor valor con precios que puedan mantener o preservar los márgenes que se pierden por el puro efecto de inflación en los costes. Las empresas se van a ver abocadas a realizar un exhaustivo análisis de optimización de sus costes para preservar sus márgenes.

No hay secretos ni fórmulas mágicas en estos ciclos, vivimos en un marco de inflación estructural, y éste será el principal enemigo del crecimiento económico en los próximos meses. Las economías más expuestas al shock casi-simultáneo de oferta y demanda que genera el conflicto del Golfo Pérsico, como es el caso de las economías de la UE, notarán en mayor medida el impacto de dicha crisis.

La competitividad de la economía europea vuelve a ponerse a prueba en coyunturas como la actual que exige de respuestas coyunturales como las que acabo de mencionar y más a largo plazo, exige de medidas estructurales y cambios en el modelo productivo de un bloque económico (el europeo) que afronta el reto del nuevo orden económico mundial en peores condiciones que EE UU y China.

Con 2 grandes conflictos militares latentes en el este de la UE (Ucrania y Golfo Pérsico), la economía europea vuelve a adentrarse en una época que amenaza una aún lejana recuperación industrial y que aconseja (obliga) a cambios drásticos en la política económica europea sobre factores clave como la productividad, la desburocratización, la política comercial exterior, la tecnología y la gestión de los recursos energéticos. Del acierto en las decisiones sobre estas políticas depende el crecimiento de la UE.

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