La tierra roja se funde con mantequilla sobre la piel y el cabello negro de la tribu Hamer, no sólo para mimetizarse con el paisaje, sino como forma de higiene y, sobre todo, para protegerse de los insectos; por mucho que nos sorprenda a los escasos blancos que descendemos hasta las llanuras septentrionales de Etiopía, donde los campos fértiles están habitados por aborígenes que viven como sus ancestros. Los Hamer son sólo una muestra de las 150 etnias y tribus que conviven en Etiopía. El mayor aliciente para visitar el sur del país, que difiere radicalmente del circuito histórico de monasterios e iglesias monolíticas característico del norte, es precisamente esa diversidad etnográfica. Un lugar desconocido y remoto, de gran magnetismo.
Todo viaje a Etiopía se inicia por el aeropuerto de Addis Abeba y de hecho es un lugar al que vuelves de manera recurrente porque, si tu intención es recorrer el país, deberás tomar varios vuelos internos, que siempre tienen como origen o destino la capital, debido a la peligrosidad de las carreteras de gran parte de su, además, extenso territorio.
Cuando aterricé en la vibrante capital de Etiopía, agradecí infinito un sabio consejo de un amigo que había viajado allí hacía años. Me recomendó que, ante la posibilidad cierta de que me extraviasen la maleta, era buena idea llevar como equipaje de mano una mochila más grande de lo normal con lo imprescindible y a la vez intercambiar el resto de enseres con los de mi compañero, para que la ropa y calzado y demás efectos personales fueran cruzados en su maleta, ya que por cálculo de probabilidades es más complicado que ambas se perdieran. De esta manera, pude sortear mi mal comienzo, al despistarse mi equipaje, que anduvo viajando por los cielos de Abisinia de aeropuerto en aeropuerto hasta que pude ir a recogerlo, como si se tratara de un pariente lejano, a la base aérea de Arbaminch. Y puede parecer baladí que te pierdan una maleta, porque en nuestra forma de pensar occidental dices: voy a un par de tiendas y lo soluciono en un pis pas. Pero cuando se viaja al sur de Etiopía, te das cuenta que apenas hay núcleos urbanos y menos comercios para adquirir lo mínimo, como calcetines o crema de dientes.
Superado este primer escollo y con el ánimo impávido para descubrir una tierra enigmática, iniciamos nuestro periplo por el Parque Nacional de Mago, creado en 1974 para proteger a elefantes y jirafas, poblaciones actualmente muy diezmadas, tanto por la caza furtiva como por las guerras.
Fauna salvaje
Y es que Etiopía es territorio de 4 de los 5 grandes mamíferos como el león, leopardo, elefante y búfalo; y cuenta además con jirafas, guepardos, cebras, antílopes y algunas especies de primates. La mayor parte de los animales se concentran el valle del Omo y en el citado parque Mago. Además, puede presumir de algunos mamíferos endémicos, como el lobo etíope, el íbice de Abisinia y el babuino gelada. Y por si fuera poco, es un paraíso para las más de 800 especies de aves, gracias a sus grandes reservas de agua, lo que lo convierte en uno de los principales destinos ornitológicos del mundo.
Sin embargo, nuestro objetivo, no es un viaje de safari (para lo que recomiendo mucho antes visitar Kenia, Tanzania, Botswana, Namibia o Uganda), sino conocer la rica antropología del sur del país. Dentro de esa gran diversidad de tribus, las más accesibles, por su menor agresividad y facilidad para llegar a sus territorios, son los Mursi o los Hamer. Aún así, no se recomienda aventurarse en este universo primitivo sin un guía.
Labios de plato
Compuestos por unas 4.000 personas, los Mursi son conocidos fundamentalmente por el llamativo aspecto de sus mujeres que colocan un plato de arcilla cada vez más grande, según se van deformando, en sus orejas y labio inferior, tras hacerlas varias incisiones cuando son adolescentes. Aunque a nosotros nos genere cierto rechazo, al igual que las múltiples escarificaciones que se realizan en la piel, para ellas tiene una función puramente estética, reservada sólo a las de alta casta. También resultan muy vistosas las pinturas de los hombres cuando realizan los ritos de iniciación, en los que deben combatir entre ellos con varas. Antiguos cazadores y pastores, reconvertidos en agricultores tras ver diezmada su cabaña ganadera por la mosca Ttsetsé, son muy orgullosos y no les hace gracia la visita de intrusos, aunque la aceptan a regañadientes, porque nuestro guía les paga lo estipulado. Nos acercamos con respeto, admirando su colorida artesanía y disminuye un poco la tirantez. Las jóvenes son preciosas. Hacen honor a la merecida fama de las etíopes, consideras como unas de las mujeres más bellas del mundo. Los niños son hermosos en todo el país, pero entre las tribus su inocencia, sorpresa y alegría, que reflejan esa mirada hipnótica y sincera sonrisa, les hacen más tiernos si cabe.
Avanzamos hacia Turmi, en busca de los Hamer. La tierra se vuelve más roja y al paso de nuestro todoterreno dejamos estelas de polvo arcilloso flotando entre arbustos parduzcos. Con más de 15.000 personas, son pastores seminómadas que miman a su ganado, aunque también recolectan miel en unas curiosas colmenas de madera que cuelgan de las acacias, que recortan su silueta contra el sol del mediodía. Decoran con profusión su cuerpo. Mientras las mujeres con los pechos al aire se untan el pelo con una pasta rojiza hecha con mantequilla, grasa animal y arcilla y las casadas llevan una melena con trencitas y flequillo que les da un aire genuino, los hombres exhiben orgullosos sus torsos desnudos con escarificaciones y practican el Salto del Toro, como rito de iniciación a la edad adulta. Esta costumbre ancestral consiste en saltar desnudos por encima a un buen número de toros alineados. Deben hacerlo al menos cuatro veces y sólo pueden fallar una. Si se cae, se convierte en un paria al que flagelan las mujeres de su clan, pero si lo logra, y tras pasar dos meses viviendo solo en la selva, podrá casarse. En la tribu, se permiten relaciones sexuales antes del matrimonio, también a las mujeres, pero deben evitar quedarse embarazadas porque el nacimiento de un hijo significaría mala suerte. Hace años si esto sucedía, a los recién nacidos, llamados Minguis, se les tiraba a unos pozos. Ahora se les entrega a un orfanato. En la actualidad, hay multitud de niños en el poblado, medio desnudos, que nos miran con curiosidad entre sonrisas vergonzosas, tras una gruesa capa de mugre que ensombrece su cuerpo.

Kalashnikovs
Nuestra ruta continúa por carreteras de polvo que semejan cicatrices en la arcilla carmesí salpicada de árboles de incienso. Manadas de vacas y cabras rumian los matojos de verde brillante. No muy lejos están los pastores, un par de adolescentes que se cuidan de no toparse con alguna hiena o león, que tienen esta vasta región como propia. De pronto, en mitad del camino, un grupo de hombres danzan en círculo con varas y Kalashnikovs, un arma frecuente entre las tribus para protegerse de los animales salvajes.
Nuestro todoterreno se detiene, porque la multitud ocupa el camino al tiempo que nos obliga a parar. El guía me indica que me recueste en el asiento trasero y simule que estoy enferma. Los nativos rodean el coche y jalean al conductor y al guía que, pese a insistir en mi necesidad de acudir urgentemente a un médico para intentar ablandar sus exigencias, tiene que transigir y pagar para que nos dejen continuar. No queda más remedio, porque nunca se intuye hasta dónde están dispuestos a llegar. El incidente enfada al guía, que sabe que estas prácticas alejan el turismo.
A orillas del Omo
Nuestro periplo nos lleva más al sur, a orillas del río Omo, cuya desembocadura se pierde en el lago Turkana, en Kenia. Es el territorio de los Galeb. Con más de 40.000 individuos, se dedican fundamentalmente a la agricultura, aunque también tienen ganado que muy raramente sacrifican, mientras practican el sangrado de las vacas que mezclan con leche como bebida energética.
El territorio es frondoso y los poblados de chozas rodeados de cerramientos de espino para alejar a las alimañas son cada vez más frecuentes. Estas cabañas están hechas de bambú, lo que permite su transporte dado su escaso peso. Las mujeres venden pulseras y collares de humildes cuentas a los inexistentes turistas que acuden a sus poblados, mientras los niños, que nos siguen en cada poblado que vamos como si fuéramos el flautista de Hamelin, nos toman de la mano para palpar nuestra ternura bajo la espesa capa de roña que cubre sus pequeños dedos.
El conductor decide tomar una ruta alternativa que parece haber sido mejorada. Es un camino que había quedado en desuso por al menos 9 años. Aparentemente está en buen estado y nos permite incrementar la velocidad. Sin embargo, al final de una recta la senda se pierde en una balsa acuosa. Desconocemos la profundidad y un grupo de mujeres, que transporta agua en sus faldas de piel, se presta a introducirse poco a poco andando para que podamos comprobar que no cubre más allá de su cadera. Agradecemos el generoso gesto, que busca una pequeña recompensa, y que nos permite cruzar sin miedo la charca.
En la ribera del río Sagan, se sitúa el territorio de los Konso, que está formado por 180.000 personas, fundamentalmente campesinos sedentarios, que cultivan en forma de terrazas para salvar la montañosa orografía de su paisaje. Se distribuyen en 35 aldeas, declaradas Patrimonio de la Humanidad desde 2011, por su arquitectura sorprendentemente genuina. Construidas como laberintos en su interior con sus características piedras negras sin argamasa, son protegidas por círculos amurallados para defenderse de los ataques de animales salvajes y de otras tribus. También poseen plazas para la vida social y otros espacios como una choza comunitaria. Son alfareros, tejedores, herreros y músicos. Son animistas, practican el culto a los difuntos y colocan un tótem de madera llamado waga junto a la tumba. Se podría decir que son la versión más refinada de las tribus del río Omo.
La aventura continúa y antes de probar suerte para ir al baño en otro de los sórdidos bares en el que no nos ha quedado más remedio que frecuentar a lo largo del viaje, decido pedir que me paren en una cuneta desierta. Algo inaudito en África, porque cuando menos te lo esperas aparece toda la chiquillería de un poblado de no se sabe dónde o un camión lleno de pasajeros hasta el techo. En esta ocasión fue el camión, para poner el toque de humor a la mañana.

La tribu Dorse
Para terminar con nuestra expedición a esta pequeña muestra de las tribus del Sur de Etiopía, seguimos excursión al Lago Chamo, dentro del Parque Nacional de Nechisar, que se visita en barca. Numerosas aves y algún que otro cocodrilo salen a nuestro encuentro, pero echamos de menos a los hipopótamos que han cambiado de hábitat debido a la gran crecida del lago en los últimos dos años. Avanzamos hacia las montañas de Chencha a 3.000 metros de altitud y la vegetación se torna aún más frondosa con profusión de bambú y falso banano, la base de la alimentación de la tribu Dorse. Esa extraña pasta la envuelven en grandes hojas y la hacen fermentar durante meses para que sea comestible. Sus poblados están formados por altas chozas de curiosos tejados inclinados, rematados en el frontal con forma de nariz o trompa de elefante. Asistimos a una demostración de la extracción, elaboración y degustación de este alimento que se mezcla con salsas picantes y con miel, aderezado con un fuerte orujo que también producen. El jefe del clan, reconvertido en rastafari, lidera un baile muy animado con cánticos y percusión, impulsado por los efluvios alcohólicos. Una escena vibrante antes de volver a la civilización.
Antes de volar a Addis Abeba, hacemos noche en Arbaminch, en un hotel diferente al que teníamos contratado, porque el presidente del país, junto con toda su comitiva, ha ordenado desalojar a los huéspedes del establecimiento que consideraba el mejor de la localidad para desarrollar en él un encuentro. A nosotros nos lo comunican antes de llegar y, junto con las disculpas, nos ofrecen otra alternativa, para mi gusto más auténtica al alejarse de la arquitectura europea con una panorámica inigualable sobre los lagos.
Addis Abeba, flor nueva
Situada en las tierras altas del Valle del Rift, a casi 2.400 metros sobre el nivel del mar, Addis Abeba, cuyo significado es flor nueva, es una de las grandes capitales del continente africano. Ciudad vibrante y cosmopolita, cuenta con una población de casi seis millones de habitantes, entre los que conviven más de 80 nacionalidades y lenguas; no en vano es la capital de la Unión Africana y una de las urbes con más embajadas del mundo.
Como bien la define el periodista Carlos Agulló, en su libro Addis Addis, la capital nueva del reino milenario de Etiopía, “es una ciudad de contrastes brutales en la que sin cruzar la calle puedes encontrarte, al mismo tiempo, en el pasado más ignominioso y en el presente más esperanzador; con la pobreza más humillante y con el despilfarro más hiriente”. Y así es. Con un simple paseo por su avenidas puedes comprobar cómo en la actualidad Addis Abeba se encuentra en plena transformación. Con fuerte inversión china y árabe, se levantan grandes rascacielos, mientras se desaloja a sus habitantes originarios de casuchas y chabolas cochambrosas que perviven con las nuevas construcciones, aunque sea por poco tiempo. Aceras y calles levantas y frecuentemente embarradas por las lluvias habituales impiden perder la vista por un paisaje urbano, caracterizado por un tráfico caótico con grandes atascos, que uno puede disfrutar admirando cómo parte del parque móvil, caracterizado por antidiluvianos Toyota Corolla que aparentemente se caen a pedazos, compiten con coches eléctricos chinos, que el Gobierno subvenciona. En cada semáforo los niños de la calle mendigan desnutridos, sucios y en ocasiones drogados con pegamento. Y lo peor es que son sólo una muestra de los 40.000 que malviven en Addis Abeba, la capital de un país en el que mueren al año por desnutrición, diarrea y malaria alrededor de un millón y medio.
Esta ciudad, que ha entrado “en el siglo XXI sin abandonar la Edad Media”, y en la que te puedes encontrar en la calle a jóvenes grabando rap con otros que conducen rebaños de cabras y burros por el centro como si fueran cañadas o a mujeres con sus vestimentas tradicionales con otras ataviadas como si “fueran a hacer los coros de Beyonce”, ofrece atractivos imprescindibles que bien merecen saborear por unos días.

Si se quiere continuar con el bullicio urbano, el Merkato, (de clara influencia italiana, de ahí el nombre), es un lugar que resulta impactante. Es el mercado al aire libre más grande de África, con una extensión que no abarca la vista, es visitado por 200.000 personas al día para encontrar casi cualquier cosa. Montañas enteras de bártulos de todo tipo se suceden sin solución de continuidad calle tras calle, algunas con cierta especialización como hierro, plástico, madera, cartón, pero otras con la anarquía ordenada comprensible sólo para autóctonos. Los visitantes debemos cuidarnos muy mucho, tanto de carteristas como de los cargadores que portan sobre su espalda y cabeza ingentes pirámides de objetos (desde montañas de colchones hasta pilas de ferralla alargada como espadas), que pueden llevarnos por delante al caminar casi sin visibilidad alguna. Para relajarse tras este estrés, una buena opción es tomar un té en el Hotel Sheraton, el más lujoso de la ciudad, antes de visitar la Plaza Meskel. Usada para celebraciones, festivales y desfiles, es el centro neurálgico de la ciudad; un lugar icónico y punto de encuentro para los corredores y atletas locales, que entrenan en sus terrazas, como en su día lo hizo la leyenda de Haile Gebrselassie.
Muy próximo se encuentra el Museo del Terror Rojo, dedicado al más de medio millón de víctimas asesinadas durante el período comunista que se instauró tras el golpe del militar Mengistu, después de derrocar al dictador y emperador Haile Selassie.
Lucy, la ‘abuela de la humanidad’
Para coger fuerzas, antes de ver el Museo Etnográfico ubicado en el antiguo palacio del emperador y el Museo Nacional, que contiene exposiciones de arte etíope, artesanía tradicional y fósiles prehistóricos, incluidas réplicas del famoso fósil homínido Lucy, se puede degustar la inyera. Un plato típico, que es la base de la comida etíope, hecha a base de harina fermentada de teff, un cereal local que hoy en día se ha posicionado como alternativa ante los problemas de gluten del mundo moderno. Esta especie de crepe se mezcla con todo tipo de alimentos y con una salsa bermeja muy picante hecha con especias, llamada berbere, que guarda toda la potencia de un pueblo que sueña con prosperar, orgulloso de su gran país.