Parábola sobre los esquilmados durante el coronavirus

Por: Alberto Cagigas
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Las atropelladas medidas aprobadas por el desbordado Gobierno Sánchez, en las que empresas y autónomos asumen el sacrificio económico de la crisis del coronavirus, mientras que las estructuras y las plantillas de las administraciones públicas siguen intactas, me recuerdan una parábola que figura en uno de los capítulos de la serie televisiva Fargo, inspirada en la magnífica película de los hermanos Coen del mismo título.

En una escena, un atormentado policía pregunta a un vecino si tendría que haber detenido a un criminal, a quien le dejó seguir su camino porque temía que le asesinara. El vecino, que es un religioso judío, le contesta con la siguiente parábola.

Un hombre rico se pone a leer el periódico y ve el mundo hundido en la miseria. Se dice, “tengo dinero y puedo ayudar”. Así que dona todo su dinero, pero no es suficiente porque la gente continúa sufriendo.

Días después, ese hombre antes rico lee otro artículo y decide que fue un ingenuo al pensar que donar el dinero sería suficiente, así que va al médico y le dice: “doctor, quiero donar un riñón”. El médico le extirpa el riñón. Todo sale bien.

Más tarde, el hombre antes rico sabe que debería sentirse mejor de ánimo, pero no es así pues la gente sigue sufriendo. Así que vuelve al médico y dice: “doctor, esta vez quiero donarlo todo”. Un sorprendido médico le dice: “¿cómo que donarlo todo?”. El hombre le responde: “esta vez quiero donar el hígado, pero no sólo el hígado, también quiero donar el corazón, pero no sólo el corazón, también quiero donar las córneas, pero no sólo las córneas, quiero donarlo todo. Todo lo que tengo. Todo lo que soy”.

El médico le comenta: “no puede donar todo su cuerpo pedazo a pedazo, es un suicido”. Así que manda al hombre a su casa.

Pero el hombre antes rico no soporta vivir sabiendo que el mundo sufre y que podría ayudar, así que entrega lo único que le queda, su vida. Se suicida en la bañera cortándose las venas con una navaja de afeitar después de escribir en la pared un escueto mensaje con tan sólo tres palabras en mayúsculas: DONANTE DE ÓRGANOS.

En su lápida del cementerio figura el epitafio: Aquí yace Jeremy Hoffstead, quien lo dio todo.

“Y funciona, acaba con el sufrimiento”, pregunta el policía.

“Usted vive en el mundo, ¿qué le parece?”, responde el vecino.

“Entonces se sacrificó para nada”, deduce el policía, a quien el vecino le aclara: “Sólo los ingenuos intentan solucionar los problemas del mundo”.

Y el policía concluye: “Pero hay que intentarlo, ¿no cree?”.

De seguir así, a empresarios y autónomos ya no les quedarán más órganos que donar, habrán dado todo, incluida la vida de su negocio, con el orgullo de aquéllos que nunca se rinden, pero con la rabia de los esquilmados por políticos de la parásita paleoizquierda succionadora de los recursos privados que ellos, por naturaleza, son incapaces de generar. Al menos les quedará el efímero consuelo de que lo intentaron.

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