Si te preguntaran si quieres viajar al interior de El Principito, la famosa obra de Antoine de Saint-Exupéry; visitar algunos de los lugares mágicos de Alicia en El País de las Maravillas, de Lewis Carroll; o recorrer otros parajes misteriosos de El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien; ¿qué dirías? Estoy segura que en el rostro de cada uno de nosotros se dibujaría la sorpresa en forma de sonrisa. ¡Qué cosquilleo recorrería nuestro cuerpo ante tamaña aventura! Pues esa travesía por un mundo fascinante de naturaleza virgen y única, más propia de un exoplaneta, es posible, aunque ahora más inalcanzable que nunca debido al conflicto de Irán.
Este misterio vivo se encuentra en la isla yemení de Socotra, que navega entre el Mar de Arabia y el Océano Índico, frente al cuerno de Africa. Un universo genuino, con una increíble biodiversidad endémica, que por un tiempo quedará guardado en la memoria de los privilegiados que tuvimos la oportunidad de conocerlo antes del conflicto bélico. ¿Cuál es el peaje que hay que pagar para viajar al paraíso? La ausencia de comodidad. Y seguramente sea esa falta de infraestructuras, de hoteles, de vías asfaltadas, lo que ha mantenido a Socotra casi en secreto, intacta, al margen del turismo de masas. Pero la situación podría cambiar a medio plazo por su difusión en las redes sociales, pero sobre todo por la futura construcción de complejos hoteleros de lujo y de carreteras que acercarán sus bosques, dunas y playas a golpe de excursión diaria, siempre y cuando las consecuencias de la guerra y el miedo terminen pronto.
¿Y cuál es la recompensa de esa falta de confort? Pues el reencuentro con la niñez en el Jardín del Edén. ¿Puede haber algún tesoro más preciado?

La isla alienígena
Cuando recorro la isla, pienso en lo que hubiera dado Darwin por visitar la conocida como la Galápagos del Índico; por acampar a pie de gigantescas dunas que trepan amenazantes hasta los acantilados frente a una solitaria playa de olas turquesas; por dormir en el Bosque de Fermhin, bajo un milenario árbol sangre de dragón para impregnarse de esa energía ancestral a la luz de la luna llena; por nadar en las aguas esmeraldas del cañón de Kellisan y sentir la viva fuerza de su viento al anochecer zarandeándote dentro de la tienda de campaña; por abrazar los simpáticos y extraterrestres árboles botella para robarles la belleza de sus rosas del desierto; por adentrarse entre las estalagmitas y estalactitas de la cueva de Hoq, la más grande Oriente Medio; o por lanzarse por el tobogán del arenal de Zahek a la luz crepuscular del ocaso. Casi todos los viajes se graban en nuestra memoria olfativa, gustativa, auditiva, sensitiva y visual. Y para mí el olor de Socotra es el aroma de sus árboles de incienso o de mirra; su gusto sabe a canela en rama y cardamomo del arroz hecho a la lumbre; su sonido es el ulular del viento o el silencio de nuestra voz interior cuando consigue desconectar del “colosal griterío nihilista” de nuestro día a día; su tacto es la resina roja de la sangre de dragón sobre mi piel; y su imagen… Qué difícil definirlo, porque Socotra, también conocida con acierto como la isla alienígena, es sobre todo eso: memoria visual con mil iconos de asombro, mil postales de parajes únicos, de un mundo irreal. Esa galería de panorámicas fascinantes, utópicas, que hasta ese momento sólo existían en nuestra imaginación. Un edén al que temes dañar y que quisieras conservar inmaculado, para que el alma de esa isla recóndita y enigmática siga siendo virgen.
Y es que su aislamiento geográfico y geológico ha dado lugar a uno de los mayores porcentajes del mundo de especies endémicas (el 37% de sus más de 800 tipos de plantas, el 90% de los reptiles y el 95% de los caracoles), algunas de ellas en peligro de extinción. No en vano fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008. Y es que su conservación, desde la guerra civil en Yemen continental en 2014, cada vez se complica más por el difícil equilibro de fuerzas. Precisamente por esa inestabilidad y para añadirle algo de riesgo a nuestra aventura -porque lo cierto es que la isla no podía ser más segura, al margen de lo que sucedía en Yemen continental, hasta que se inició la guerra de Irán-, el destino nos tenía preparado un contratiempo de última hora en el que nos vimos afectados a un día de regresar a España.

Conflictos
El penúltimo conflicto bélico -antes de que se comenzara la Guerra de Irán- entre dos de las tres facciones de influencia sobre este país, como son Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí (la tercera en discordia es Irán), afectó al cierre del espacio aéreo de Socotra -en el que nos vimos involucrados casi 600 turistas extranjeros (20 de ellos españoles, entre los que me encontraba), que nos quedamos varados en la isla. Hubiera omitido este incidente en el artículo para no difundir una imagen de Socotra que no se corresponde con su realidad cotidiana, pero ante las incorrecciones, falsedades y sensacionalismo gratuito en el que han incurrido otros medios de comunicación, quiero aclarar que se trató de algo anecdótico en la integridad del viaje. Contratiempo que solventamos los turistas por nuestros propios medios, es decir, pagando el billete de avión de regreso a Yeda de nuestro propio bolsillo, dado que el vuelo original vía Abu Dhabi lo habíamos perdido, al cerrarse el espacio aéreo para Emiratos Árabes. Y que no tuvimos ninguna ayuda de la Embajada de España en Egipto (organismo sito en El Cairo al que le hubieran correspondido las gestiones), cuya única contestación a nuestro correo electrónico fue que se daban por enterados. Sin embargo, al llegar al Aeropuerto de Yeda, a otros turistas extranjeros sí les estaba esperando una representación diplomática de su país, en este caso de Italia. No obstante, este incidente de última hora no empañó un viaje memorable de un destino que, de momento, se ha convertido en inaccesible.