Rompiendo Mitos /1

Por: Félix Alberto Sanz
Empatía.
Es cierto que tenemos que hacer por entender a los demás, pero hacerlo de manera absoluta no es posible.

Me gustaría aprovechar este espacio para hacer una trilogía que ayude a desmitificar 3 aspectos que me encuentro casi a diario en mi desempeño profesional y que, aun estando de acuerdo en su mayor parte con los 3, me preocupa la rotundidad con la que algunas personas los están poniendo sobre la mesa. Una rotundidad con la que no estoy de acuerdo y que creo que no está haciendo el bien que debería si no la limitamos.

Capítulo 1: La empatía es posible

Hace ya muchos años -síntoma de que uno se hace mayor-, una persona me dio una gran lección sobre la empatía. Explicitó algo que yo creía firmemente, pero que jamás había sabido contar de esa manera. Desde que coincidí con aquella mujer -lamentablemente no recuerdo su nombre-, siempre la menciono cuando imparto formación sobre empatía o cuando surge el tema.

Era una calurosa tarde de junio en Madrid, hará ya unos 15 años, en la que estaba impartiendo una formación sobre habilidades de comunicación. Llevaba un par de horas haciéndoles tomar conciencia -y trabajando herramientas para mejorar de manera práctica- de la importancia que, para nuestro desempeño profesional -y relaciones personales- tenía ser empático, entender a los demás y ponerse en su lugar.

De repente, una mujer, de unos 50 años, me interrumpió:

– Félix -me dijo- llevo mucho tiempo callada y no aguanto más. No estoy en nada de acuerdo contigo y con lo que nos estás contando. A mí no me gusta nada la gente empática. Es más, los detesto y me alejo cada vez que me encuentro con alguno.

– ¿Y eso? ¿Podías explicarnos por qué? -respondí yo, muy sorprendido.

– Pues sí, os lo voy a contar. Yo, hace tiempo, tuve un niño que con 9 años contrajo una enfermedad terminal y en 7 meses le perdí -nos contaba con lágrimas cristalizadas en los ojos, a punto de derramarse-. Cuando falleció, la gente se acercaba y me decía “te entiendo”, “sé por lo que estás pasando”, “me pongo en tu lugar“. Y no, nadie me entendía, nadie sabía por lo que estaba pasando y nadie se ponía en mi lugar. Desde entonces, yo huyo todo lo que puedo de los empáticos.

Se hizo un inmenso silencio en el aula. No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que yo rompí ese silencio, aún emocionado por su testimonio, con algo así como “tienes razón. No es posible empatizar del todo con los demás y lo he explicado fatal si he querido transmitir eso y pido perdón por ello”.

Desde entonces, siempre que me toca hablar de formar en o trabajar sobre la empatía, la homenajeo contando lo que ella nos compartió (lo que hoy he hecho con vosotros), aclarando con su ejemplo que, aunque es cierto que tenemos que hacer por entender a los demás, hacerlo de manera absoluta no es posible. Simplemente no tenemos su historial vital,  no hemos vivido las mismas experiencias que la otra persona y no llevamos tatuados en el alma sus alegrías, penas, miserias, frustraciones, miedos.

Así, volviendo a la introducción de la esta trilogía, ¿pienso que tenemos que hacer por entender a los demás? Sí. ¿Abogo por que tenemos que hacer un esfuerzo por ponernos en su lugar y tratar de comprenderlos? Sí. ¿Soy un defensor de la empatía? Sí.

Dicho esto, creo firmemente que no es posible empatizar al 100% con otra persona y me asustan los gurús que lo venden como la panacea de las relaciones interpersonales.

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