Uganda es oro

Hay un refrán popular propio del país ecuatorial que dice “Uganda es oro”. Y aunque existe otra frase más famosa atribuida a Winston Churchill, pese a que la definición ya la había hecho en 1875 el explorador Stanley, que lo calificó como “La perla de África”, Uganda es conocido por conservar algunos de los tesoros mejor guardados del continente negro, como los gorilas de montaña del bosque impenetrable de Bwindi, los leones arborícolas de Ishasha y los rinocerontes blancos de Ziwa. Sin embargo, el animal que pinta de copos de nieve su tierra esmeralda son las omnipresentes mariposas
Los coloridos mercados de frutas y verduras salpican los márgenes de las carrete
Los coloridos mercados de frutas y verduras salpican los márgenes de las carreteras y pistas de Uganda.

Luisa Alcalde

Aterrizo en el aeropuerto de Entebbe, una ciudad de 90.000 personas próxima a la capital Kampala, donde se encuentra el aeropuerto internacional. Con sus 3,2 millones de habitantes es la urbe más grande del país, con 43 millones, y recibe el nombre de campamento de impalas. Las nubes intermitentes incendian el cielo de Uganda a modo de bienvenida. El aire cálido de la tormenta impregna de electricidad la noche africana. Las luces tenues del aparcamiento destacan las miradas encendidas de los guías que aguardan a los turistas. El hotel de Entebbe está al lado del palacio presidencial y del inmenso Lago Victoria, del que a Uganda le corresponde el 46% y el resto lo comparte con Tanzania y Ruanda. La obscuridad impide ver la inmensa masa de agua del segundo lago más grande del planeta. Uganda tiene todo el agua que le falta a otra gran parte de África. Quizá ese sea su verdadero oro. En un territorio de 247.000 kilómetros cuadrados (la mitad que España) se encuentran los grandes lagos del continente como el Alberto, Eduard, George, Kyoga, Mutanda y por supuesto el Victoria, padre de las fuentes del Nilo, cuyo nacimiento fue descubierto por Speke en 1857, al igual que el propio lago al que dio el nombre de su reina.

Su altitud a 1.000 metros sobre el nivel del mar favorece un clima agradable durante todo el año y su situación en el Ecuador lo convierte en un vergel, con una vegetación exuberante que se percibe nada más salir de Entebbe. Palmeras, eucaliptos, árboles del fuego con sus sensuales flores abrasadoras, plataneras, maíz, mangos y papiros pintan de verde esmeralda ambos lados de la carretera.

Sorprende el buen trazado de la calzada, incluso con algún tramo de autovía (construida por empresas chinas) que circunvala Kampala. La tierra roja llega hasta el arcén inundando de fertilidad hasta el límete del asfalto. Pequeñas poblaciones salpican el frondoso paisaje. Puestos de fruta y verduras ponen la nota de color, junto con las vestimentas de las mujeres y los uniformes de los escolares que muy temprano se dirigen al colegio a pie; mientras que los más afortunados van en taxi colectivo, denominado matatu.

Fort Portal

Hace rato que hemos iniciado nuestro camino al oeste, hacia Fort Portal para visitar el Parque Nacional de Kibale. Aldeas que se desperezan muestran el trajín propio de la mañana. Moto-taxis conocidos como Boda-bodas, puestos de carnes y aves vivas, secaderos de pescado de desagradable olor y mucha gente en la calle que se afana por vender, comprar y negociar. Está nublado y se agradece. Pronto subirá la temperatura y la humedad será pegajosa. Algún rebaño de vacas de cuernos largos recorre la cuneta. En un descampado afloran los marabúes, una especie de cigüeña africana de largas patas y enorme buche rosado, que rapiñan las vísceras del pescado desechadas por los lugareños. De aspecto desgarbado, aparecen majestuosas cuando vuelan planeando con su gran envergadura que recuerda al cóndor. Una pareja de grullas coronadas cuelligrís, emblema del escudo de Uganda junto con el antílope cobo, atraviesa la carretera sobre nuestras cabezas para posarse en una pradera cercana. Es un ave de gran belleza, quizá por su aspecto distinguido que le otorgan las plumas doradas de su regia testa. Más adelante un mono nos hace retroceder. Se esconde tras la copa de un árbol. Es un colobo blanco y negro de larga cola que cuelga juguetón de una rama mientras nos observa con cara de anciano sabio.

Matoke

Paramos en la carretera a comprar plátanos dulces a un vendedor ambulante. Son muy pequeños y amarillos, una exquisitez en su justo punto de maduración. Abundan las plataneras, no en vano son la base de la alimentación de los ugandeses en su versión de matoke, una banana verde que se cocina como un puré y que se utiliza como guarnición en multitud de platos. Plantaciones de té extienden alfombras verdes sobre las colinas sinuosas. Además de plátanos, Uganda produce té, café, mangos, maíz y tabaco.

A lo lejos, vemos la cordillera de Ruwenzori, descubierta por el periodista y explorador Stanley, que se hizo famoso por encontrar y rescatar a David Livingstone. La imponente cadena montañosa, que marca la frontera entre Uganda y la República Democrática del Congo (RDC), cuenta entre sus cumbres nevadas con las míticas Montañas de la Luna, cuyas aguas del deshielo alimentan los grandes lagos. Ptolomeo, el gran geógrafo del siglo II d. C, ya afirmaba que el extenso río tenía sus fuentes en estas cordillera. Entre sus cimas más elevadas se sitúa el Pico Margarita, que con 5.100 metros de altura es uno de los gigantes de África.

El Reino de Tooro

Hacemos un alto en el camino para contemplar una de las joyas del Reino de Tooro. Una preciosa caminata nos permite apreciar la belleza del cinturón de volcanes extintos convertidos en cráteres con lagos en su interior. Según la leyenda, sus aguas esmeraldas, cuyas frondosas orillas albergan a un gran número de aves y mariposas, fueron creadas por Ndahura, el primer rey de bacwezi, cuando dejó el poder para ofrecérselos a su hijo Wamala. Nuestra mirada ensimismada se pierde entre la desbordante floresta salpicada de lagunas. Unas hormigas de safari se cuelan por debajo de mis pantalones. Acostumbradas a su carácter nómada, son veloces como centellas y asciende con rapidez. Consigo matarlas con golpes cuando la más ágil ya iba por mi ingle. Lección aprendida: los pantalones deben ir siempre dentro de los calcetines para evitar éstos y otros indeseables polizones.

Queen Elizabeth

Llamado así por la visita que realizó la Reina Isabel II, fue declarado Parque nacional en 1952. Situado entre el lago Edward y las estribaciones de las montañas de Ruwenzori, en el fondo del valle del Rift, es la reserva natural más visitada del país. No en vano fue clasificada por la Unesco como Reserva Mundial de la Biosfera y alberga a lo largo de 2.000 kilómetros cuadrados sabanas cubiertas de acacias y euforbias candelabro, ríos, cráteres volcánicos, bosques, lagos y llanuras. Además de 95 especies de mamíferos, el Queen Elizabeth acoge a 612 especies de aves, lo que lo convierte en un paraíso ornitológico y una de las zonas más ricas del planeta en avifauna.

Atravesamos la caseta de los guardias y al poco dos cobos (antílope endémico de Uganda y emblema del país) salen a saludarnos. Más allá un antílope de agua sestea bajo la sombra de un arbusto. La hierba fluorescente refulge hasta el límite de la carretera bien asfaltada. Un águila crestilarga vigila desde un captus candelabro. Un grupo de facoqueros corretean por sus dominios. A lo lejos una rebaño de búfalos rumia tranquilamente en la tarde africana. El aire cada vez es más pegajoso y caliente.

De camino al lodge, atravesamos el canal de Kazinga, que une los lagos George y Edward. En sus orillas afloran largos papiros despeinados. Más adelante vemos algunas aldeas dentro del parque, que permanecen aquí porque estaban antes de que fuera creada la reserva. Sorprende ver un colegio en mitad de la sabana, mientras un grupo de trabajadores que construye otro tramo de carretera pasan protegidos por un militar armado, ante la presencia de fauna salvaje.

El bosque bajo cubre ahora la planicie. Los animales se esconden. Los vehículos que vienen en dirección contraria a la nuestra levantan nubes de polvo rojo que dificultan la visibilidad. Al llegar al lodge, 3 elefantes a lo lejos amenizan la cerveza previa a la cena, antes de que caiga la noche. La luna llena embruja la sabana.

Safari

Nuestro safari comienza al amanecer, cuando los animales empiezan a cazar. A un lado del camino, los rayos naranjas de la aurora juegan con las acacias. Al otro la luna proyecta su haz lechoso sobre la hierba empapada. Hace frío. Los 1.200 metros de altitud se dejan sentir. Al atravesar el canal de Kazinga, las orejas nerviosas de los hipopótamos se divierten con el agua; agua que un poco más arriba recogen las mujeres en grandes bidones amarillos que transportan sobre sus cabezas.
Un grupo de madrugadores escolares se dirigen al colegio. Uganda es uno de los países con mayor índice de escolarización de África al rozar el 70% de alfabetización.

Un pájaro martillo se cruza en el camino con su poderosa cabeza. Más lejos una pareja de búfalos compiten con su majestuosa cornamenta.
Nada más empezar, una manada de leonas con dos crías atraviesa la pista delante de nuestro 4×4. La hembra más mayor va delante haciendo de guía. Su silueta de depredador muestra una musculatura formidable. Las crías corretean asustadas. Al rato un gran macho elefante come en el límite del parque. 6 búfalos desterrados de su rebaño miran mohínos nuestro vehículo. Tumbado detrás de un termitero se esconde un gran macho. A lo lejos se abre una explanada enorme conocida como la plaza del emparejamiento, por la cantidad de cobos de Uganda que acuden a aparearse. Asistimos a la pelea de dos machos por el favor de una hembra. Chocan sus cornamentas y su deseo incontenible retumba en el llano. Se embisten con furia una y otra vez, hasta que uno resulta vencedor y el otro sale huyendo. Los cobos están rodeados de gansos del Nilo, que salen despavoridos durante la disputa, como el estallido de fuegos artificiales en un mar de hierba tierna.

Lagos salados

En el horizonte, árboles candelabro cobijan arbustos bajo sus ramas alzadas al cielo. El sol cada vez está más alto y la luz se vuelve más dura sobre la planicie. Las mariposas revolotean sin cesar entre la flores. Un cobo en avanzadilla silba para avisar al resto del grupo. Es un sonido agudo entre silbido y bufido. Camuflados entre el pasto aparecen muchos antílopes de agua. Su poderosa cornamenta les confiere un aspecto solemne. Un diminuto obispo rojo cruza volando para posarse en una hierba alta de la sabana. Una manada de facoqueros rumia respetando su comida, según dicen los ugandeses, al tener que arrodillarse para poder llegar a la paja más corta. Al fondo en unos lagos salados, a modo de farmacia, los búfalos se curan sus heridas superficiales con el azufre que emana de sus aguas.

El dictador sanguinario Amín Dadá

Abandonamos el parque para almorzar en el lodge que se mandó construir Idi Amín Dadá para su disfrute personal y que ahora, ironías del destino, regentan los indios tras una concesión del gobierno. Idi Amín gobernó Uganda tras el golpe de estado que perpetró 1971. Antes había sido el hombre de confianza de su predecesor en el cargo, el dictador Milton Obote, quien tras la independencia del país (que había sido protectorado británico desde 1894) en 1962 se declaró a sí mismo presidente inaugurando una era de golpes de Estado hasta mediados de los años 80. En 1971 Amín Dadá, que había tenido un ascenso fulgurante en el ejército, gracias a su complexión impresionante (media casi 2 metros y pesaba 100 kilos) y su carácter violento y paranoico toma el poder mediante un régimen militar durante casi una década, en el que impone un estado del terror que se cobra la vida de entre 300.000 y 500.000 ugandeses y hace desaparecer la minoría empresarial indo-oriental de Uganda, lo que diezma la economía del país.

Su gobierno acaba en 1979 por la intervención de Miltón Obote, que en 1985 es depuesto por Tito Okello, dictadura que dura un año, hasta que las tropas guerrilleras de Yoweri Museveni toman el poder en 1986 y se matiene hasta la actualidad gracias a procesos electorales considerados irregulares. Tras prolongadas guerras civiles, el país ha recuperado cierta estabilidad, que se tornará de nuevo en incertidumbre ante el horizonte de las próximas elecciones de 2020 en las que Museveni quiere perpetuarse en el poder, modificando la actual constitución que limita su mandato.

Canal de Kazinga

Por la tarde comienza nuestro safari acuático, quizá el mayor atractivo del parque. Una barca de dos pisos traslada a los turistas por el canal de Kazinga que une los lagos Edward y George. El crucero no defrauda nuestras expectativas. La estampa de vida salvaje es sublime. Grandes manadas de elefantes se bañan en la ribera para refrescarse y beber agua. Al lado, los hipopótamos y búfalos conviven en paz y entre ellos se observan también 3 cocodrilos, en aparente armonía. Las orillas de arena están llenas de nidos de martín pescador que se zambullen en el canal como un proyectil para pescar. En los arbustos de los bordes revolotean alegres las omnipresentes mariposas. Garzas reales, ánades de Egipto, garcetas, avefrías y pájaros martillo brincan entre los juncos. Una acacia deforestada por los elefantes presta sus ramas secas para los nidos de los tejedores. Se alborotan a nuestra llegada y muestran su plumaje amarillo cuando vuelan y pían. Un pigardo vocinglero vigila desde su atalaya. Un poblado de pescadores aparece poco antes de la desembocadura del canal en el lago Eduardo. Pescan por la noche para evitar el peligro de los hipopótamos que salen del agua para pastar. A nuestro regreso, la barca acelera. Ibis, pelícanos rosados y cormoranes planean por sus dominios. El agua verdemar del canal lame las orillas frondosas que impiden ver las leonas sesteando. Aves y más aves acunan con sus aleteos nuestra navegación apacible. No quiero abandonar el nirvana de este paraíso perdido.

Leones arborícolas de Ishasha

A la mañana siguiente, tomamos el camino del parque que nos conduce a Ishasha, famosa en Uganda por albergar a los leones arboricolas. Un par de elefantes, un buitre dorsiblanco y monos verdes con sus característicos testículos azules nos amenizan el trayecto. Un transporte escolar atraviesa el Queen Elizabeth y pienso que son afortunados porque grabarán en sus retinas de por vida este paisaje salvaje. A veces la sabana se llena de intrincada vegetación, verdaderas murallas de frescor cetrino; otras se abre en llanos de yerba dorada; otras tantas mariposas blancas como copos de nieve sumergen la planicie en una atmósfera inclemente.

A pocos kilómetros se observa el bosque de Maramagambo, uno de los más antigos del mundo. Su espesura lujuriante es elegida también como hogar por los chimpancés. Al lado hay una cueva que alberga a miles de murciélagos y varias serpientes pitón especializadas en la caza de este mamífero volador. Es una pena que nos la perdamos, pero debemos continuar.

Avanzamos y aparecen 2 babuinos luchando entre sí mordiéndose la cara. Ya sabemos cuales pueden ser las consecuencias de estos violentos enfrentamientos para lograr el dominio del grupo, porque días atrás vimos a uno que le faltaban la nariz y parte de la boca por una trifulca reciente.

Furtivos

En un claro de la sabana vemos a lo lejos a dos hombres corriendo despavoridos. Los guías nos dicen que son cazadores furtivos que huyen ante la presencia de los guardias del parque. El furtivismo está penado en Uganda con cárcel y los rangers están autorizados a disparar a matar. Intentan proteger lo más valioso que tienen, su naturaleza, pero no siempre es fácil.

El camino se bifurca y dudamos a la hora de tomar uno u otro, pero nos avisan que por el de la izquierda han avistado algo. El 4×4 acelera y pronto vemos el gran árbol. Es una higuera africana de enorme dimensión para poder soportar el peso de un magnífico ejemplar que se esconde tras las hojas. Apenas le vemos una pata y parte de la cabeza. Se cree que estos leones trepadores suben a los árboles, con un doble propósito: huir de los parásitos y las moscas que les molestan cuando comen y están cubiertos de sangre, a la vez que se limpian en las ramas, y por otro lado, refrescarse en la frondosidad umbría de las higueras.

Paramos a comer a la entrada del sector Sur del parque y ando 5 metros para estirar las piernas. Enseguida me llaman la atención para que no me aleje ante el peligro de la aparición del leopardo. Bromeo diciendo que quizá sea esa la única manera de verlo, pero obedezco.

Malaria

Tras el almuerzo continuamos el safari. Llevamos el techo del vehículo abierto y el calor aprieta. Estampo mi cuaderno contra un mosquito que revolotea en mi ventana. Uganda es un país endémico de malaria, una de las principales causas de mortandad junto con el VIH, aunque han conseguido grandes avances contra esta última enfermedad gracias a la prevención y a que ahora producen antirretrovirales. Nos olvidamos del ruido que hace una rueda delantera del coche desde hace rato, porque en otra higuera vemos a una segunda leona. Está mucho más cerca y se la ve perfectamente. Es muy grande. Le falta parte de una pata, seguramente por causa de la trampa de un furtivo. Esta preñada y tiene una barriga prominente. En ese estado será complicado que saque adelante a su futura camada, porque si muere antes de que deje de amamantarla, no se hará cargo de ella otras leonas de su familia.

Continuamos, las sorpresas del día aún no han terminado. Y ahí está toda una manada trepadora a la sombra de una descomunal higuera. Son cinco ejemplares. 2 leonas adultas y 3 cachorros de unos 7 meses. La estampa no puede ser más hermosa. Descansan apaciblemente encaramados en las gruesas ramas. Una de las crías está escondida tras su madre. La leona más poderosa oculta la cabeza tras su zarpa. Observamos ensimismados con la respiración acelerada. De pronto cambia de postura y nos deja ver toda su envergadura. Es un animal hercúleo y soberbio. Podríamos estar horas observando la escena.

Un vecino inestable, la República Democrática del Congo

Abandonamos el parque y aparecen unos militares que protegen la frontera con la vecina República Democrática del Congo a pocos kilómetros de la entrada de emigrantes irregulares y también de guerrilleros. Tanto las fronteras de Uganda al norte con Sudan del Sur, como la del oeste con el Congo han sido motivo de conflictos durante años y siguen siendo inestables, una de las causas que ralentiza su crecimiento económico junto con la corrupción y la falta de reformas.

Sin ir más lejos el pasado mes de abril de 2019, una turista estadounidense y su conductor ugandés fueron secuestrados a punta de pistola en el Parque Nacional Queen Elizabeth. Los secuestradores llegaron a pedir 500.000 dólares de rescate y finalmente fueron liberados sin consecuencias. No tuvo un desenlace tan feliz el secuestro perpetrado en 1999 en Bwindi (Uganda) por rebeles hutus procedentes de la vecina Ruanda a un grupo de 31 turistas extranjeros, 8 de los cuales fueron asesinados a machetazos. Precisamente es hacia Bwindi hacia donde dirigimos ahora nuestros pasos. Un bosque impenetrable que comparten Uganda, RDC y Ruanda, hogar de los únicos gorilas de montaña del mundo, que no entienden de fronteras.

Inversión china

Un gran foso de tierra cavado para que los elefantes no traspasen el límite del parque nos indica que retornamos a la civilización. Una carretera en obras atraviesa varias aldeas. Está siendo construida por empresas chinas. La inversión china en Uganda es muy importante, de hecho se ha convertido en su mayor inversor extranjero, al poner en marcha varios proyectos como el aeropuerto internacional de Entebbe, polígonos industriales, presas, infraestructuras viarias y plantas de extracción petrolífera. Con frecuencia, estas compañías del país asiático se traen sus propios trabajadores, lo que ha provocado huelgas entre la población por no contratar mano de obra local.

Musulmanes

Más adelante un grupo de personas muy arregladas van a una ceremonia. Luego 2 mujeres vestidas de negro de pies a cabeza se dirigen a una mezquita próxima. El 12% de la población es musulmana, reminiscencia de la época de Amín Dadá, frente al 84% que es cristiana (católica y protestante). Varias mujeres cargan con sus bebés a la espalda y el agua en sus cabezas, verdaderas equilibristas de la estabilidad de África. Otras cosechan el té en las montañas lejanas. Los niños siempre saludan sonriendo a nuestro paso. La tasa de natalidad de Uganda es de las más altas del mundo con 6,7 hijos por mujer, mientras la esperanza de vida es de 53 años.

En las aldeas secan el maíz y los cacahutes al sol sobre esterillas en el suelo. Volvemos a las pistas de tierra y el polvo se cuela por todas partes pintando de rojo nuestros rostros. Motos con 3 o 4 personas o que acarrean leña o grandes racimos de matoke exprimen al máximo su capacidad de carga. Rústicas fábricas de ladrillo, plantaciones de té, plataneras, casas de adobe, avanzamos por un paisaje cada vez más ondulado.

Avería mecánica

El conductor se muestra inquieto desde hace tiempo. El ruido de la rueda delantera ha ido a más. Nos detenemos y nos bajamos. El chófer mete la cabeza entre el chasis de la gran rueda del todo terrero. El diagnóstico es duda: freno o rodamiento. En todo caso, debemos acudir a un mecánico próximo porque no llegaremos al lodge en esas condiciones. Avanzamos despacio hasta el taller. Es un lugar insólito, una choza de madera desvencijada rodeada de un basusero. Desmontan la rueda y comprueban que es el rodamiento, pero no tienen la pieza. Arde la tierra en el comienzo de la tarde. Esperamos estoicos a que nos venga a recoger otro coche enviado desde el lodge, mientras nuestro conductor acude en una moto taxi a otra localidad próxima en busca del recambio.

Al pasar y vernos los niños nos llaman mugunzu. Lo cierto es que en la negrura de la grasa del taller y sus aledaños nuestra palidez destaca más aún. Tras hora y media, aparece nuestro nuevo medio de transporte. Ha habido suerte, porque no estábamos muy lejos del hotel y además nuestro chofer regresa encantado porque ha encontrado la pieza, así que mañana el 4 x 4 estará listo. Es probable que en España, sin cita previa y con la habitual falta de stock, no lo hubiéramos resuelto tan pronto.

Un rinoceronte llamado Obama

De nuevo madrugamos para alcanzar nuestro siguiente destino, el Parque Nacional de Murchinson Falls, el más grande de Uganda. Pero de camino nos detendremos en el Santuario de los rinocerontes blancos de Ziwa.

La perpetua caza furtiva, para satisfacer un lucrativo mercado de polvo de cuerno de rinoceronte considerado afrodisiaco en el mercado chino por valor de 60.000 dólares el kilo, fue la causa de la extinción de Uganda de estos animales de aspecto prehistórico en 1983. Sin embargo, desde 1997 se crea una ONG para reconstruir las poblaciones de rinocerontes para luego reintroducirlos en las reservas del país y así nació el santuario Ziwa, donde entre 2005 y 2006 fueron incorporados al área protegida 6 ejemplares procedentes de Kenia y uno del Disney’s Animal Kingdom (Estados Unidos). En 2009 se produce el primer nacimiento en casi treinta años en Uganda. La cría, un macho de rinoceronte, se le llamó Obama porque su madre era estadounidense y su padre keniano. Hoy deambulan por el parque 28, 15 machos y 13 hembras. Cuando lleguen a la cifra de 50, empezarán a reintroducirlos en los parques naturales de Uganda.

Iniciamos nuestro safari a pie y al rato vemos dos hembras con dos crías, una de un año y la otra de tres meses. Son imponentes. Los adultos pueden llegar a pesar hasta 3 toneladas. Tenemos suerte porque hace mucho calor (momento que utilizan para sestear, dado que buscan la sombra al no tener glándulas sudoríporas) y sin embargo podemos verlos ramoneando la hierba baja que han rumiando antes las vacas. Dejan pastar a las reses para que acorten la paja alta y faciliten así el trabajo a los rinocerontes que no alcanzan los pastos más elevados.

Estamos a muy corta distancia de este animal de fantástica armadura y sin embargo de aspecto apacible pese al descomunal cuerno, pero el guía nos recuerda que si se siente amenazado, atacará y llegado el caso es mejor esconderse detrás de un arbusto dado que tiene corta visión, antes que correr porque siempre nos alcanzaría ya que galopa a 45 kilómetros a la hora. El paisaje es de un verdor bruñido al sol. Largos tallos y yerba alta sobre la tierra roja. Qué sensación de libertad entre la naturaleza endomeñable. Conchas de caracoles gigantes aparecen diseminados entre el pasto. Un calor húmedo recorre la espalda. Abandonamos el parque. Comienza a llover y la tierra recupera su fulgor vegetal.

Murchinson Falls

Seguimos hacia Murchinson Falls. La tromba de agua continúa. Los caminos se convierten en ríos y los cristales del 4×4 se empañan. La tierra roja se fertiliza a cada gota y caen miles con violencia. Muy cerca del parque, el camino se desdibuja convertido en un barrizal, una pista resbaladiza de lodo rojo. A ambos lados, la jungla henchida de sensualidad nos embriaga con su aroma a esperma vegetal.
Cruzamos el Nilo en un barco, que también transporta nuestro 4×4, hasta arribar a nuestro lodge. La cena frente al mítico río se llena de los acordes armónicos de la selva.

Con 3.840 kilómetros cuadrados, el Murchinson Falls es el mayor parque del país y lleva el nombre de un antiguo presidente de la Royal Geographical Society. Este área, muy afectado por la tripanosomiasis o enfermedad del sueño contagiado por la mosca tse-tse, fue despoblándose y en 1926 fue reserva de caza antes de ser clasificada como parque natural en 1952. Aún así sufrió violaciones ininterrumpidamente desde los años sesenta hasta la década de los 2000, por la caza furtiva de elefantes y las incursiones de los rebeldes del Ejercito de Resistencia del Señor (LRA), una organización extremista cristina que operaba al norte del país en contra del gobierno y que desde su fundación en 1987 ha secuestrado a cerca de 30.000 niños como soldados y esclavos sexuales. Superado este tenebroso período, la vida salvaje vuelve a florecer, pero puede verse amenazada de nuevo en breve porque el gobierno ha expedido permisos de explotación petrolífera a empresas chinas.

Abundante vida salvaje

Amanece y el sol incendia la tierra. Jirafas, una, dos, tres… hasta 10 en un mismo grupo. Manadas de elefantes teñidos de rojo tras su baño matutino, grullas coronadas cuelligris y oribis son el anticipo de nuestro safari. Tras la tormenta de anoche, la sabana respira fertilidad. Una leona con sus crías se llenan de humedad ante nuestra mirada de sorpresa. Al paso de las jirafas, los cachorros de león se aproximan. Puede más la curiosidad que el miedo a lo desconocido; no así para la madre que acude rauda para protegerlos. Un obispo norteño contrasta con el resplandor verde de la sabana.

Las aguas aceradas del Nilo Alberto delimitan el parque en el horizonte. La hierba alta, que dificulta nuestra visibilidad, es señal de que aquí aún no terminado la estación lluviosa. Los zacoqueros beben en un charco al lado del sendero. De pronto un cobo brinca delante de nuestro 4×4 y al fondo del camino vemos la causa. Una leona preñada aparece con su caminar pesado. Los antílopes silban para avisar del peligro y el felino mira con tristeza cómo se aleja su comida. Pienso que las aves de plumajes llamativos son las flores de la sabana y en ese momento el guía recita un dicho popular ugandés: “El pájaro que madruga es el que se come los mejores bichos”; que me recuerda a nuestro refrán menos profano: “A quien madruga, dios ayuda”.

2 chacales rayados olfatean entre el heno, monos de sabana, toco piconegro, aves frías, garcetas blancas, garzas bollero, buitres planeando sobre un presa y grandes manadas de búfalos nos sacan constantemente de nuestro ensimismamiento en el edén.

Crucero por el Nilo

Por la tarde disfrutamos de un crucero por el legendario Nilo hasta la base de las cataratas Murchinson. Las riberas verdes se ensanchan. Juncos y papiros dan paso a una abigarrada floresta. Aparece una gran manada de elefantes comiendo hojas de los árboles. En el agua los hipopótamos juguetean al escondite con nosotros por doquier. La tarde abrasa y huele a lodo. Martines pescadores, abejarucos y anhingas se muestran descaradas con la seguridad que les otorga su vuelo. Más tímido, un cocodrilo de tres metros y medio de largo, que toma el sol en la playa se zambulle al vernos. La espuma nos avisa de la proximidad de la catarata. Alfombras de plantas trepadoras recubren de esplendor las copas de los árboles. Nuestra embarcación rebasa un saliente de tierra y ahí están las cataratas. Un enorme torrente de agua que se encajona en siete metros de ancho y cae 43. La vista desde el barco impresiona, pero la belleza aumenta cuando iniciamos el ascenso por un intrincado sendero hasta su cima. Muchas escaleras que podrían haber sido un patinete resbaladizo en plena tormenta, pero afortunadamente el sol vespertino quema y la tierra se ha secado. Facilita nuestra subida a la hora de caminar, pero anhelamos llegar a la cumbre para mojarnos con el vapor de agua de las cataratas. Descansamos en los distintos miradores decorados con las habituales trampas para la mosca tse-tse, para observar la extraordinaria belleza de este paisaje genuino. El sonido del agua precipitándose es ensordecedor. La cicatriz en la tierra roja se llena de remolinos y espuma. La corriente embravecida salpica con fuerza descomunal la orilla y como si fuera un druida transforma en arcoiris el vapor de agua. Nos bañamos bajo su haz de luz multicolor y la felicidad nos inunda mientras contemplamos la panorámica convertida en mítica por la película La reina de África, protagonizada por Humphey Bogart y Katherine Hepburn. Cierro los ojos para conservar esta imagen porque el corazón salvaje del continente negro reinará siempre en nuestra memoria como un recuerdo imborrable.

El ataque del elefante

Amanece. Contamos con pena nuestras postreras horas en el edén, tras haber recorrido 1.725 kilómetros por Uganda. Pero como África siempre es aventura, nos tenía destinada la última peripecia. En dirección a la salida del Murchinson Falls, tomamos un camino poco transitado para ver otra versión del parque. Avanzamos despacio y con el techo del 4×4 abierto, porque es muy temprano y aún podemos ver algún animal cazando. De pronto, a un lado del camino un elefante nos intenta embestir. Cuando sus orejas en movimiento asoman por la ventana, gritamos para que el chófer acelere y el vehículo sale corriendo esquivando su acometida. El propio conductor se sorprende porque él tampoco lo había visto. Oculto entre la maleza salió a nuestro paso a gran velocidad. El enorme macho de aproximadamente 30 años, cinco toneladas de peso y medio metro de colmillos no ceja en su empeño y lo vuele a intentar pero esta vez ya estamos prevenidos y el chófer acelera de nuevo. Pregunto que si el elefante hubiera tenido éxito hubiéramos dado una vuelta de campana y el guía certifica que con su fuerza -similar a la de diez toros de lidia- habrían sido varias. Nos alejamos pero las orejas amenazantes del animal más colosal que pisa sobre la tierra nos advierten que debemos abandonar la selva, porque hace tiempo que nuestra especie dejó de pertenecer al paraíso.

La majestuosa silueta recortada al sol de un águila marcial en la cúspide de un árbol seco es mi última imagen de la perla de África.

Nuestros primos los chimpancés

Nos acercamos a Kibale, un bosque de 795 kilómetros cuadrados, que alberga la mayor concentración de primates del mundo, 13 especies diurnas y cuatro nocturas, como los lémures. Está rodeado de cultivos de té a modo de valla vegetal para impedir que los sobrepasen los elefantes, los leopardos y los búfalos, otras especies que también habitan estas selvas. Protegido como parque nacional desde 1993 y limítrofe con el Queen Elizabeth, posee 351 especies de árboles distintos y 375 de aves. Pero sin duda la estrella es el chimpancé, con 1.200 individuos, la población más grande de Uganda.

Anochece en el lodge ubicado dentro del parque. Es un pequeño albergue con las cabañas diseminadas entre la floresta. Cuando la luz del día se esfuma entre las copas de los árboles, encienden un gran fuego de campamento, mientras la orquesta de insectos, pájaros y monos ensaya su gran sinfonía. El aire denso se torna dulce. La noche humedece la piel. La música de la selva sube de decibelios en el mundo de los sueños.

Naturaleza endomeñable

Al amanecer, la tierra húmeda huele a edén. Las hojas empiezan a brillar con los primeros rayos de sol que se cuelan por la densa fronda. Vamos en busca de chimpancés. Hemos madrugado para tener más posibilidades de verlos. Un grupo que no puede superar las seis personas seguimos a un ranger. El aire meloso despliega un halo de ensoñación mientras andamos por un estrecho sendero lleno de troncos y lianas. Hay que despertar pronto para no tropezar y apretar el paso para encontrar a los simios. Divisamos el primer grupo. Trepa a 50 metros sobre el suelo en la copa de un gran árbol. Desayunan sus frutos y nos observan desde lo alto. Cuando se cansan, aprovechan para desparasitarse. Es una familia de ocho miembros con dos crías. Suben y escalan en busca de frutos más maduros. Iniciamos la marcha para continuar nuestro safari y de pronto el guía acelera el paso porque sabe que otro clan se encuentra cerca y a ras de suelo. Es difícil seguir al ranger por esa naturaleza endomeñable y eso que él va cargado con un fusil por si nos topamos con algún búfalo.

Y ahí están. Primero aparece uno. Es un macho adulto. Nos observa con displicencia. Su mirada es tan humana que impresiona en la penumbra de la selva. Luego vemos a otros dos ejemplares que se están desparasitando. Su lenguaje corporal resulta tan familiar que emociona. Más adelante hay un grupo de tres subidos a un gran ficus. Descienden y nos acercamos un poco más. Estamos muy próximos, apenas a cuatro metros de distancia y de pronto uno de ellos empieza a chillar. Está en celo y persigue a una hembra que le rechaza delante de nuestras narices. Todos gritan y se arma un gran alboroto. Trepan a las ramas y la selva se llena de quejidos y bronca. El estruendo nos aturde mientras la excitación recorre nuestro cuerpo. Son animales salvajes, imprevisibles, pero no se sienten amenazados por nosotros, tan solo compiten entre ellos por un tesoro mucho más atractivo que nuestra presencia.

Al regresar al lodge, el vuelo de cientos de mariposas nos da la bienvenida. La luz del mediodía convierte las hojas en esmeraldas. Tres horas y media nos separan del Parque Nacional de Queen Elizabeth. A la salida de Kibale, un grupo de babuinos aguarda a los turistas para ver si les dan comida, lo que está terminantemente prohibido.

Los gorilas de montaña del bosque impenetrable de Bwindi

El camino se vuelve sinuoso. Hermosas colinas de té y plátanos se tornan bosque según nos acercamos a Bwindi. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994, el bosque tropical húmedo de Bwindi es uno de los más antiguos del mundo, con más de 25.000 años de antigüedad. Esta inaccesible y majestuosa selva es una de las mayores reservas de biodiversidad del planeta, al albergar a 400 tipos de plantas, 350 especies de aves, 51 reptiles, 202 mariposas, muchas de ellas endémicas, y 120 especies de mamíferos, entre ellas once primates y seis antílopes. Entre las especies protegidas se encuentra el elefante de bosque, más pequeño que su hermano de sabana y especialmente el gorila de montaña, con alrededor de 500 ejemplares de este animal en peligro de extinción, que solo cuenta con 1.000 individuos en todo el mundo compartidos entre Uganda, RDC y Ruanda. Situado entre los 1.160 y los 2.600 metros de altitud sobre el nivel del mar y 2.400 mm. anuales de precipitaciones, Bwindi es una verdadera selva tropical, cuyos cinco grandes ríos alimentan al lago Edward. Sus 331 kilómetros cuadrados de densa vegetación se extienden en una profunda falla de empinadas laderas, valles resbaladizos, abruptas crestas e intrincada vegetación, que le otorgan el calificativo de impenetrable.

Nuestro lodge se encuentra frente a esa jungla verdinegra iluminada por el sol. Se parece a la selva de Tarzán. La observo largo rato hipnotizada mientras se aproxima una tormenta. Sus truenos en la lejanía se acercan junto con jirones de nubes aceradas. Pienso en cómo debía ser este paraíso años atrás, cuando vivían en armonía los 3 grandes simios: los gorilas, los chimpancés y los hombres, antes de que los bosquimanos fueran expulsados de su hábitat natural y tratados como esclavos cultivando la tierra próxima al parque. Comienza a llover con gran intensidad en un aguacero que humedece aún más el ambiente. Huele a tierra fecundada. Cae la noche, cierro los ojos y en mi universo onírico, potenciado desde hace días por los fármacos antipalúdicos, se cuela King Kong golpeándose el pecho entre la espesura de Bwindi.

Gorilas de montaña

Madrugamos mucho. Ha llegado el gran día. Vamos en busca de los gorilas de montaña, salvados por el empecinamiento de Dian Fossey, que le costó la vida asesinada en Ruanda, y su compañero fotógrafo Bob Campbell, que inmortalizó los momentos increíbles de convivencia de la zoóloga con estos primates que dieron la vuela la mundo. Lo cierto es que el pingüe negocio de las visitas turísticas para ver los gorilas ha conseguido parar la caza furtiva y recuperar la especie más que la obstinación de la antropóloga estadounidense. Las visitas se limitan a un número estricto de diez grupos de 8 personas al día para contemplar a estos soberbios primates durante una hora. No está garantizado su avistamiento y las condiciones climatólogicas suelen resultar críticas para una caminata que puede alargarse varias horas hasta localizarles.

Nos acercan hasta la frontera del bosque. Un aroma a tierra moribunda embriaga la pituitaria. En cuanto ponemos el primer pie en su interior entendemos el calificativo de impenetrable. Una maraña de lianas, zarzas, ramas espinosas, enredaderas, bejucos, trepadoras bajo las elevadas copas de los árboles hacen inaccesible esta floresta esmeralda solo transitable para primates, pigmeos y elefantes, que también habitan estos lares aunque sea difícil de entender.

Los rangers van delante abriendo camino literalmente a machetazos en este jardín desordenado. Aún así, te trabas constantemente con las plantas que parecen insistir en guardar en secreto este tesoro de extraordinaria belleza. En su interior el bosque tropical no se muestra amenazante, sino sensual y voluptuoso.

Espalda plateada

Agradezco más que nunca mi complexión delgada y mi pequeña estatura para moverme por tan intrincada orografía, llena de escarpadas laderas. También doy gracias a los dioses locales porque hace un sol espléndido que aleja toda probabilidad de lluvia, lo que hubiera convertido el terreno en un lodazal resbaladizo e impracticable, y porque nos aportará mayor visibilidad cuando llegue el esperado encuentro. Pese a todo, avanzamos lo más rápido que podemos, porque los guías que van en avanzadilla los han avistado.

Ahí está el jefe del clan Kaiwe. Es un espalda plateada. Un ejemplar grandioso, de cabeza señorial, cuello poderoso y pecho imponente. Me estremezco de emoción. Pesa 200 kilos y mide más de 1,70 metros de altura y su característica mancha de pelo plateado nos indica que ha superado los doce años llegando a su pubertad. Su mirada naranja perdida en la distancia es increíblemente humana. Nos ignora mientras devora hojas tiernas. No le apetece sentirse observado y se mueve unos pasos para seguir comiendo brotes y hierba. El ranger coge mi mano para guiarme tras él. Hay que acelerar el paso. Voy a la cabeza del grupo intentando no enredarme en las múltiples trampas vegetales. De pronto tras unos helechos gigantes, vemos a parte del resto del clan: dos hembras con sus crías. Una de las madres come tallos y contempla a su cría que juega sobre su cabeza, mientras no nos quita ojo de encima. La familia Kaiwe, al igual que otros grupos de gorilas, ha sido acostumbrada a la presencia humana. Aún así ella yergue la cabeza vigilante cuando los rangers intentan cortar algunos helechos próximos para que los insistentes turistas podamos hacer mejores fotos. La cría, sin embargo, de apenas cuatro meses, juguetea incansable, sube, baja, toca a su madre, nos mira, abre la boca, con una actividad propia de un cachorro inquieto y travieso. Estamos muy cerca, a tan solo tres metros, mientras les observamos durante varios minutos. La imagen es enternecedora. El pequeño gorila parece un cachorro del famoso peluche de Virkiki.

De nuevo, se mueven y nosotros con ellos. Van en busca del macho alfa. Se sitúan a su lado y sestean. Ya han comido demasiado. Sin embargo el bebé sigue jugando, es muy nervioso y su madre lo vigila con un ojo abierto y el otro cerrado acurrucada en el regazo del espalda plateada. Conmueve la familiaridad de la escena. Nos quedamos en silencio, sin movernos, solo les miramos. Creo que nos hubiera gustado que nos hubieran aceptado por un instante en su clan. Un sentimiento de regreso a los ancestros recorre nuestra piel, no en vano compartimos el 98% de nuestra carga genética con los gorilas. Sabemos que el tiempo en su compañía se acaba. Ya no hacemos fotos. Queremos conservar su esencia, y nuestra mirada recorre su perfil, busca sus ojos, toca su pelo, ya que nuestras manos no pueden hacerlo, pese a que no nos faltan las ganas.

Miel de Bwindi

Antes del alba partimos de regreso a Entebbe. Nos esperan diez horas de botes en el todo-terreno. Por los senderos caminan lugareños aún en la obscuridad. Antes de las siete de la mañana, el cielo empieza a clarear y una bola de sangre renace entre los árboles. La aurora se tiñe de naranja y reluce de nuevo el verdor omnipresente. Más adelante, hileras de árboles sirven de alojamiento a decenas de murciélagos que buscan acomodarse boca abajo para dormir el día. Paramos a comprar miel de Bwindi, conocida como la mejor del mundo y con su característico toque de sabor a té. Es exportada sobre todo a Inglaterra y entre sus clientes se cuenta el Palacio de Buckinghan. Cuando llegamos a Entebbe ya es noche cerrada.

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